QUIÉN CUIDA DEL CORAZÓN DEL ATLÁNTICO

Volumen 1, Artículo 7

Un texto de Cristina Vázquez Santos, basado en el resumen elaborado por Silvia Rayo Luengo

Inspirado en la comunicación científica de Cleo van Rijs (Universidade de Vigo), Silvia Rayo Luengo (Universidade de Vigo), Elena Ojea (Universidade de Vigo), y Andreu Blanco (Universidade de Vigo) Engaging stakeholders through interactive mapping of a marine national park to achieve effective and resilient marine spatial management, presentada en la conferencia MPA in MSP (Bodø, Noruega, Xullo 2025)

El sol de julio asomaba cálido entre las pocas nubes que había en el cielo aquella mañana mientras Cíes bajaba del barco con su mochila a la espalda. Cada verano, desde que podía recordar, pasaba varias semanas con su abuelo Ramón en la Isla de Ons. Pero esta vez era distinto. Tenía doce años, y una curiosidad que no cabía en su cuerpo. Quería entender el mar, no solo nadarlo.

Ramón la esperaba en el muelle, con su gorra de siempre y una sonrisa que le arrugaba la cara como papel de periódico viejo.

– ¡Mi pequeña exploradora! – exclamó, abrazándola con fuerza-. ¿Lista para otro verano de aventuras?

– ¡Más que nunca! Este año quiero aprender de verdad. No solo pescar y pasear, sino entender cómo funciona todo esto – dijo señalando el mar que los rodeaba.

Ramón la miró con sorpresa y orgullo. Siempre había sabido que su nieta tenía algo especial.

Caminaron hasta la casa, una construcción sencilla de piedra y madera, con vistas al Atlántico. Desde allí, Ramón había enseñado a Cíes en sus anteriores visitas a distinguir los vientos, a leer las mareas, y a reconocer los sonidos del mar.

– ¿Sabías que esta isla, junto con Cíes, Sálvora y Cortegada, forma parte de uno de los parques nacionales marítimo-terrestres más importantes de España?

– ¡Pues claro, abuelo! ¡Me lo has dicho un montón de veces! – respondió Cíes.

Ramón sonrió a su nieta con dulzura:

– A veces me comporto como un viejo cebolleta que repite lo mismo mil veces, ¿verdad, pequeña? – ambos se rieron.

Tras un rato con la vista puesta en el horizonte, el semblante de Ramón se volvió más serio:

– Estoy preocupado por el futuro de este parque – le dijo – el mar está demasiado desprotegido.

– ¿Cómo que desprotegido? – preguntó ella, frunciendo el ceño.

– Sí, Cíes, sí, desprotegido. Mira, en tierra, más de la mitad del parque está super protegido, es decir está bajo protección estricta, así que no se puede llevar a cabo ninguna actividad que no sea para su gestión o para investigación. Pero en la mar, es diferente. Aunque más del 85% de la superficie total del parque natural es marina, casi todo está permitido en la mar. Apenas una décima parte se considera zona de uso restringido, es decir, que tiene ciertas limitaciones. Pero, igualmente, ese tipo de protección es insuficiente, ya que en esas zonas se permite el acceso de personas y actividades como la pesca artesanal. En la mar, las zonas de protección estricta no llegan ni al 1% y, además, sólo se aplica a los fondos marinos, pero no al resto de la columna de agua.

Cíes se quedó pensativa. Le parecía increíble. ¿Por qué nadie estaba protegiendo sus islas? ¿Cómo podía protegerse sólo la tierra y el fondo de la mar y no todo lo que los rodeaba?

Durante los días siguientes, Ramón la llevó en su barca por distintas zonas. Como cada verano, visitaron la playa de Melide, los acantilados del Buraco do Inferno, y las zonas donde el abuelo solía pescar pulpo y nécora. Pero también le enseñó los lugares donde los barcos turísticos anclaban sin cuidado, donde la gente buceaba adentrándose en zonas sensibles, y donde los pescadores discutían por los mejores caladeros.

– Aquí hay muchos conflictos, Cíes. Turistas, pescadores, empresas náuticas, buceadores… Todo el mundo quiere usar este mar, pero no todo el mundo está dispuesto a respetarlo.

– ¿Y nadie hace nada para solucionarlo?

– Sí, por suerte aún queda gente tratando de ayudar. Hace poco, vinieron unas personas de un grupo de investigación de la Universidad de Vigo y me propusieron participar en un estudio. Reconozco que al principio fui un poco reticente – Cíes sonrió. Aunque su abuelo era la criatura más buena que conocía, a veces resultaba algo huraño con las personas desconocidas y podía dar imagen de cascarrabias.

– Usan una herramienta digital llamada SeaSketch – continuó Ramón, con ciertas dificultades para pronunciar el nombre del programa que hicieron soltar a Cíes una pequeña risita – Es como un mapa en un ordenador donde la gente que de alguna manera hace uso del parque natural puede indicar las zonas que utiliza, los lugares donde encuentra conflictos, y proponer áreas que deberían protegerse más.

– ¿Y participó alguien más, además de ti?

– ¡Claro! Pescadores, empresas de turismo, ONGs, personal científico… Personas muy diferentes, pero relacionadas con todo esto, que pudimos dejar constancia de nuestras ideas.

– ¿Y qué pasó? ¿Cuál fue el resultado? – Cíes estaba completamente intrigada, le parecía fascinante. Estaba creciendo, el próximo año empezaría a ir al instituto, y la idea de convertirse en científica marina cada vez iba cogiendo más fuerza en su cabeza.

– Pues la verdad es que fue muy interesante. Por ejemplo: el estudio demostró que las zonas más usadas están cerca de los puertos y playas, como la de Rodas en las Cíes. También se vio que hay muchos conflictos por los tipos de arte de pesca que se usan, los sitios de anclaje, y el solapamiento de actividades en esas zonas. Además, cariño, hay muchas de esas áreas que coinciden con hábitats que se consideran vulnerables según el Listado Rojo Europeo.

– ¿El Listado Rojo Europeo? – preguntó intrigada.

– Es una lista que identifica y clasifica los hábitats naturales más amenazados de Europa, nos dice cuáles están en peligro y necesitan protección especial. Sirve como guía para priorizar la conservación y evitar la desaparición de ecosistemas valiosos, tanto terrestres como marinos.

– ¿Entonces estamos dañando justo lo que deberíamos conservar?

– Pues me temo que sí, mi niña… Y lo peor es que muchas personas sentimos que la protección actual no sirve. Es insuficiente, está mal ubicada, y no se gestiona bien. En el estudio nos pidieron también que identificásemos nuevas zonas que creamos que se deben proteger de manera estricta.

– ¿Y qué propusiste tú?

– Zonas donde hay especies vulnerables, pero también donde no afecte tanto a nuestra pesca. Porque creo hay que encontrar un equilibrio, ¿sabes? No se trata de prohibir todo, sino de cuidar lo que importa sin dejar a nadie fuera.

Cíes se quedó un rato en silencio. Estaba tratando de procesar toda la información, pero lo que más le fascinaba era que su abuelo, un hombre de mar con una enorme inteligencia pero que apenas había acabado la educación primaria, hubiese participado en una investigación científica. ¡Y usando un ordenador, ni más ni menos! Le daba algo de vergüenza preguntárselo por si hería sus sentimientos, pero se atrevió a hacerlo igualmente:

– Abuelo… ¿Por qué te han elegido a ti para la investigación?

Ramón sonrió. Entendía perfectamente las dudas de su nieta, él mismo las había tenido cuando le invitaron a participar:

– Bueno… Antes de esto, cuando pensaba en ciencia yo también me imaginaba a un montón de señores con batas blancas en un laboratorio mezclando cosas y mirando por un microscopio. Pero el equipo del estudio nos explicó que existen maneras diferentes de hacer investigación científica, y que muchas veces, para poder estudiar lo que sucede en una zona concreta, el conocimiento que tenemos las personas que vivimos ahí y estamos en contacto con ella es fundamental porque complementa a los datos científicos y permite diseñar soluciones para la conservación de una forma más efectiva y también más inclusiva.

Cíes lo entendió perfectamente. No se trataba solo de proteger el mar, sino de hacerlo de forma justa. De tener en cuenta a quienes lo conocen, lo usan, y lo aman.

Las semanas pasaron volando para Cíes y Ramón, que dedicaron largas horas cada día a explorar la isla y hablar sobre el mar y sobre el futuro. Como cada año, cuando llegó la hora de volver a la ciudad a Cíes le invadió la tristeza. Justo antes de subir al barco, Ramón le dio un fuerte abrazo y le entregó una pequeña caja de madera. Cíes percibió como los ojos de su abuelo se empañaban, conteniendo unas lágrimas que ya debían estar recorriendo sus mejillas mientras se despedían con la mano a medida que el barco se alejaba de la isla camino a Vigo. Cuando Ramón ya era sólo un pequeño puntito en el horizonte, Cíes abrió la caja. Dentro había una brújula, una red de pesca en miniatura, y una carta.

Mi querida niña,

Esta mar que ves desde tu ventana y que recorres cada verano conmigo necesita voces como la tuya. Voces que entiendan que la conservación no es solo ciencia, sino también justicia. Que la mar no se protege con prohibiciones, sino con acuerdos. Y que tú, con tu curiosidad y tu corazón, puedes ser parte de ese cambio.

Con amor,
Tu abuelo

Ahora eran las lágrimas de la niña las que brotaban, pero de amor y de emoción. Sabía que ese verano había cambiado algo en ella. Y que, cuando volviera el año siguiente, no solo sería una visitante, sino una nueva defensora del mar.

Agradecimientos:
La investigación que ha dado lugar a la comunicación científica Engaging stakeholders through interactive mapping of a marine national park to achieve effective and resilient marine spatial management, presentada en la conferencia MPA in MSP (Bodø, Noruega, Xullo 2025), ha sido realizada en el marco del proyecto MPA4CHANGE, cofinanciado por la Unión Europea.