ENTRE CABALLOS Y MONTES,
el amor de una nieta
Volumen 2, Artículo 4
Un texto de Aitor Alonso Rodríguez, basado en el resumen elaborado por Laura Lagos Abarzuza y Jaime Fagúndez Díaz
Inspirado en el artículo científico de Laura Lagos (Universidade de Santiago de Compostela) y Jaime Fagúndez (Universidade da Coruña) Changes in management shape the spatial ecology of wild ponies in relation to habitat conservation, publicado en la revista Biodiversity and Conservation (2025).
Con una sonrisa radiante, le puso el libro abierto en la cara.
—¡Mira abuelo! ¡Este marrano es precioso!
Ramón soltó una carcajada.
—No miña filla, a los caballos salvajes se les llama garranos, o bestas, pero no marranos. Esos son los cerdos.
Cíes entrecerró los ojos, enfurruñándose.
—¡Y eso que importa abu! Solo cambia una letra. Mira qué bonito es. ¡Mira qué bonito!
Cíes tenía la capacidad de ver la magia en los detalles más pequeños. Se sorprendía con cada cosa que aprendía, con cada fotografía, con cada paisaje y, sobre todo, con cada animal. El mar guardaba un espacio especial en su corazón, pero no despreciaba los montes.
Tenía 12 años, pero no lo parecía. A veces parecía mayor, y comprendía emociones que el resto pasaban por alto. Otras veces era súper infantil, y quería atrapar la curiosidad de la infancia en su mirada, extenderla al crecer, sin permitir que madurar se convirtiese en la excusa para volverse triste.
Ramón era otra persona cuando estaba a su lado. Nunca fue un viejo malhumorado de esos, pero cuando estaba con ella era más de todo lo bueno. Incluso en ese fin de semana, donde no reconocer su pueblo le estaba dañando. Se sintió agradecido de haber tomado la decisión de pasar más tiempo con sus nietas durante el año.
—Tienes razón, cariño. Es precioso.
Volvió a coger el libro y observó el caballo. De repente, la aldea desapareció de su mente, y recordó la excursión que había hecho el año pasado por Sabucedo. Allí había conocido a un chaval bastante agradable. Al principio había costado arrancarle las palabras de la boca. Movía los ojos deprisa y no paraba de cambiar el peso del cuerpo de un lado para otro.
—Jajajaja, mueves tanto los ojos que pareces un caballito de mar.
La ocurrencia de Cíes le hizo reír y se soltó. Ramón y su nieta descubrieron que se llamaba Xosé, que estudió biología en Santiago, y que se había enamorado. Pero eso es para otra historia. Descubrieron también que de caballitos de mar nada, pero de caballos, Xosé sabía un montón.
—Los caballos salvajes son importantísimos para conservar hábitats como los brezales, o para prevenir los incendios forestales. Además, también son una de las presas principales del lobo en muchas zonas de Galicia.
—¡Claro que sí! —dijo Cíes—. Me lo dijo mi abuelo.
Ramón sonrió y se encogió de hombros.
—Soy de aldea meu fillo. Conozco bien a los garranos. Hasta hace poco simplemente vivían a su aire en el monte y sus dueños solo los bajaban una vez al año en el curro o rapa das bestas.
Xosé se quedó sorprendido del conocimiento del anciano. Siempre había escuchado que se podía aprender mucho de las personas mayores. Él pensaba que solo aprendía quien estaba dispuesto a escuchar.
—Esto ha cambiado, ¿verdad?
—A verdade é que sí. Ahora, el monte cambió mucho. En algunos montes vecinales en mano común se construyeron cierres para que los animales no salgan. Incluso se han llegado a cerrar parcelas dentro del propio monte y los caballos rotan de unas a otras como ganado —suspiró—. Además, en algunos montes se crearon praderas en las zonas que antiguamente eran brezales.
De pronto, Ramón soltó una carcajada.
—Aínda que moito máis diso eu non che sei. Eso son cosas que aprendéis los jóvenes como tú, na miña época se hacía lo que se tenía que hacer.
Xosé sonrió.
—Hablas como mi abuelo.
—Hombre sabio —rio Ramón.
—Mira abuelo, puede ser tu amigo ese señor, ¿eh? Desde que la abu no está sales menos de casa, y a veces cuando llego a verte, te noto triste.
A Ramón se le encogió el corazón.
—Non te preocupes por min, miña filla. Con veros a vosotras, y ver que tu madre y tu tía están bien, yo ya cumplí.
—¡No digas eso!
Ramón se volvió a reír y revolvió el pelo de su nieta.
—No te preocupes, que tu abuelo es un roble. Y a este carballo no lo cambian por eucalipto. Mira —dijo volviéndose hacia Xosé—, volviendo a los caballos, ¿qué me cuentas del cuidado del monte?
Xosé, quien había escuchado la conversación sin entrometerse, respondió recordando lo que había leído.
—Pues, por lo que he leído, conservar la forma tradicional del manejo de los caballos salvajes, influyendo lo menos posible, ayudaría a gestionar los montes. Reducen el riesgo de incendios, por ejemplo, pero también afectan positivamente en la biodiversidad de plantas en los brezales. Y, además, los caballos son especialmente útiles, porque están adaptados a las condiciones duras de nuestras montañas y no necesitan ayuda. Es un sistema que no sería tan difícil mantener, al no requerir tantos cuidados como el ganado vacuno, ahora que el rural se está abandonando.
—Ben sei eu diso —dijo apenado.
Fue en ese momento cuando Ramón decidió que el fin de semana siguiente irían todos a
la aldea. Si podían, claro, no era cuestión de obligarles.
—Me acabo de acordar… No, deja, que menuda chapa te estoy dando.
—¡Cuenta, cuenta! Que no me estoy enterando, pero está interesante— respondió Cíes.
El abuelo y Xosé sonrieron.
—Bueno… Leí hace poco un artículo académico que hablaba sobre esto. Buscaron entender cómo las manadas de caballos salvajes usan el espacio y de qué manera su distribución y movimiento por el monte se pueden ver influidos por las distintas prácticas de manejo. Para saber tomar mejores decisiones sobre la conservación de los hábitats, vamos.
—¿Y cómo lo hicieron? —preguntó Cíes con los ojos bien abiertos.
—Pusieron collares GPS a 29 yeguas, repartidas entre… aquí vaya, Sabucedo, y en la Serra do Xistral, allá para Lugo, a lo largo de un año. Los collares registraban una localización cada hora, y estaban puestos en una yegua por manada. Calcularon los tamaños de las manadas o greas, y las áreas de campeo, que son las zonas del monte que usan y donde se encuentran habitualmente. También las áreas más usadas dentro de esas áreas, llamadas áreas núcleo, y analizaron si había tipos de vegetación que les gustaran más o menos, y cómo todo esto podía depender del manejo que hacían los besteiros de ellas. Es decir, todo eso que decíamos antes de los cierres, las praderas, moverlos de unas parcelas a otras…
—Carai… Me perdí. Menuda memoria tienes, chico— dijo Cíes.
Xosé se rascó la nuca.
—Es que en la universidad me meten con calzador la importancia de fijarse en la metodología cuando se hace ciencia.
—¿Y qué descubrieron? —preguntó Ramón.
—Los cambios en el manejo no parecen afectar a las áreas núcleo, o sea, que no afectan a la mínima superficie necesaria para cubrir sus necesidades básicas. Lo que sí, parece que cuando el manejo es más intensivo, las manadas son más grandes.
—¡Más caballos! Eso es bueno, ¿no? —preguntó Cíes.
Xosé negó con la cabeza.
—Manadas con un mayor número de caballos ocupando áreas de campeo menores pueden aumentar la presión en los hábitats, en comparación con el sistema tradicional vaya, que ha contribuido a mantener los brezales durante milenios.
—Ah, vaya…
—Bueno, el artículo dice muchas cosas más, pero al final la conclusión es que, si perdemos el sistema tradicional de manejo y lo sustituimos por prácticas más intensivas, afectaremos a cómo las manadas usan el monte, lo que influye también en la conservación de los hábitats. Al final, todas esas prácticas que han aparecido, como los cierres de montes pequeños, rotar los caballos por parcelas, o la transformación de la vegetación natural a praderas mejoradas, parece que afectan a su comportamiento. Esta forma más intensiva de manejarlos provoca que las manadas tengan mayor tamaño, pero también menores áreas de campeo, y aumenta el solapamiento entre los territorios de las manadas vecinas.
—Bueno, todas estas cousas a min escápanseme, a verdade, pero al final volvemos a lo mismo: en mi época el sistema tradicional funcionaba mejor.
—Sí, bueno, es verdad… Pero antes también había otros problemas. Quizás no se trate de volver al pasado, sino de recuperar aquello que funcionaba, manteniendo los buenos avances. Mira qué útil, por ejemplo, usar un collar GPS en cada grea para saber por dónde andan.
—¡Eso, eso! Recuerda eso del ecofeminismo de lo que nos habló la tía aquella vez. Eso está muy bien y en tu época, poco.
Ramón soltó una carcajada.
—Tes máis razón ca un santo.
Ramón volvió al presente. A la foto del garrano y a su nieta en frente suya. Sonrió. Al final, pensó que la vida iba sobre eso, ¿no? Hacer valiosas memorias con aquellas personas que hacen tu mundo.
Recordó a su señora: «Síntoo, meu amor, vas ter que esperar. Parece que aquí aún me quieren».
La muerte de su esposa, los incendios, el cambio en su aldea, habían ido abriendo brechas en su corazón. Pero no podía dejarse marchar todavía.
«Bien merece la pena esforzarse un poco más. Tan solo… aunque sea para dejarle un mundo un poco más bello a quien viene detrás».
Cíes recuperó su libro y se sentó en el suelo. Ramón se dejó cabecear en el sillón pensando… en que algo tuvo que haber hecho bien para tener tanta suerte en la vida.