BROTES VERDES
Volumen 2, Artículo 3
Un texto de Cristina Vázquez Santos, basado en el resumen elaborado por David Soto Fernández
Inspirado en el artículo científico de David Soto (Universidade de Santiago de Compostela), Xesús Balboa (Universidade de Santiago de Compostela) e Lourenzo Fernández (Universidade de Santiago de Compostela) Del manejo campesino del fuego al incendio post-campesino en Galicia, publicado en la revista Historia Agraria de América Latina (2024).
—¡Que rollo, papá! ¿Otra vez tenemos que ir a la aldea?
A Leonardo le daba mucha pena que a Aarón ya nunca le apeteciese ir con él y Maruxa a su villa natal, una pequeña aldea del interior de A Coruña, próxima a la frontera con la provincia de Lugo. Pero entendía que ya no era un niño, y que a sus 17 años tenía otras prioridades, que pasaban básicamente por quedar con sus amigos para ir por ahí de chill (significara lo que significara esto, cada día estaba más perdido con el vocabulario adolescente).
No siempre había sido así. Hasta hace pocos años se moría por ir al pueblo los fines de semana, donde pasaba el día fuera jugando con su hermano Xosé y sus primas. Xosé nunca perdió ese gusto por el rural, incluso cuando tenía la edad de Aarón y seguía prefiriendo ir a la aldea a cualquier otro plan que le pudieran proponer sus amigos. «La cabra tira al monte», solían decirle en broma cuando rechazaba alguna de sus «imposibles de rechazar» propuestas. En eso claramente salió a su padre.
Leonardo —a quién desde niño llamaban Leo— nació en la Zapatería (así se llamaba la zona del pueblo a la que él pertenecía) y vivió allí buena parte de su vida, hasta que de joven marchó a A Coruña a estudiar. Pero nunca perdió el contacto. Volvía a la aldea casi todos los fines de semana y pasaba allí buena parte de sus vacaciones. Venía de una familia labradora y humilde en la que todas las generaciones anteriores a él vivieron del campo. Solía pasar mucho tiempo con su abuela Antonia, una mujer del rural increíblemente inteligente y con una mentalidad muy abierta para su época que siempre le contaba las historias del pueblo, le explicaba cómo se vivía cuándo ella era joven, y cómo eran aquellos paisajes, bien diferentes a los de ahora…
—Papá, ¿me estás escuchando? Digo que por qué no puedo quedarme en casa de Juan a pasar el fin de semana. Tenemos que estudiar y hacer un trabajo.
La voz de Aarón sacó a Leo de sus pensamientos, que estaban empezando a llevarlo a una juventud que recordaba de genuina felicidad.
—Aarón… Empezaste las clases hace una semana. ¿Esperas que crea que ya tienes exámenes y trabajos que hacer? Tú debes pensar que nací ayer —rio—. Este fin de semana vamos toda la familia. Es el cumpleaños de tu abuela y quiere hacer una comida para celebrarlo.
Aunque era en parte cierto, en realidad no era esa la verdadera razón por la que quería que su hijo pequeño fuera a la aldea ese fin de semana. Este verano había sido dramático para aquella región, el fuego se había cebado con ella. Buena parte de los montes habían ardido, y la última vez que había ido a visitar a su madre, hacía un par de semanas, le había caído el alma a los pies al ver toda aquella tierra quemada y negra, como salida de otro planeta. No parecía la misma aldea en la que se había criado, era como si la hubieran extirpado de golpe y en su lugar habían puesto un manto de negrura propio de una película de ciencia ficción. Leo quería que sus hijos vieran aquello, quería que fueran conscientes de lo que estaba pasando. Sabía que Xosé ya lo era, desde niño siempre había tenido una enorme sensibilidad por el medio ambiente que no había hecho más que crecer a medida que se hacía mayor. Pero Aarón parecía estarla perdiendo, y eso le preocupaba enormemente. Le daba miedo que se desconectara por completo de la naturaleza. En realidad, le daba miedo que toda la juventud (y buena parte de las personas adultas que viven en las ciudades) se estuvieran desconectando por completo de ella.
Salieron el sábado temprano después de desayunar. El trayecto llevaba una hora y media y habían planeado hacer una pequeña ruta con la abuela Eugenia para evaluar como se encontraban sus zonas de monte, aunque tenían bastante claro que era difícil que nada se hubiera salvado y que lo único que encontrarían sería ceniza. Cuando llegaron, Eugenia estaba esperando en el pajar, lista para iniciar la exploración. Aunque ya tenía una cierta edad, se conservaba en buena forma gracias a una vida dedicada al trabajo del campo, mucho más eficaz que cualquier entrenamiento. La familia dejó sus cosas en la casa y los cinco juntos echaron a andar hacia el monte.
La llegada en el coche, a pesar de lo desolador del paisaje que se abría a ambos lados de la carretera, no había tenido en Aarón el impacto que sus padres esperaban. Xosé estaba totalmente atónito y consternado, como era de esperar, pero el pequeño de los hermanos no pareció sentirse muy impresionado, quizás porque apenas apartó la vista de su teléfono para mirar por la ventana. Sin embargo, ahora que echaban a andar por el medio de aquel infierno, algo parecía estarse removiendo dentro de él. Su expresión era seria y el móvil había desaparecido de su mano como por arte de magia.
—Este año hemos vivido una de las peores olas de incendios de nuestra historia, rapaces —les dijo Eugenia a sus nietos con tristeza—. Ahora todo el mundo habla de esto y aporta su visión sobre el tema, pero en pocos días todo se olvidará y la gente pasará a otra cosa. La realidad es que los incendios son uno de los principales problemas socio-ambientales de Galicia, con picos de fuegos cada pocos años. Pero esto no fue siempre así. Cuando yo era niña, el fuego no era un monstruo que arrasaba con todo, sino un aliado de las familias campesinas.
—¿Cómo un aliado, abuela? ¿Cómo pueden los fuegos ayudar a los campesinos?
Eugenia sonrió levemente. No le sorprendió que a su nieto menor esto le resultara chocante, y le alegró haber captado su atención.
—Hace años, durante siglos pasados y hasta bien entrado el siglo XX, el monte no estaba desligado de la agricultura como lo está ahora, sino que jugaba un papel fundamental en la alimentación del ganado y en la reproducción de la fertilidad por la recolección de mato para la fabricación de estiércol, que después era utilizado para abonar los cultivos. Una de las principales prácticas que se tenían por aquel entonces eran las estivadas, una forma de cultivo en la que se emplea el fuego. Normalmente las estivadas se realizaban después de la temporada de lluvias. Primero se le daba una primera rozada, limpieza —aclaró— a la tierra, amontonando la broza y los terrones para después quemarlos tras tres o cuatro meses, y luego se le daba otra labor usando esa ceniza como abono para plantar, entre noviembre y diciembre. El papel de estas estivadas fue importantísimo. La agricultura gallega tuvo una de las más elevadas productividades en Europa entre el siglo XVIII y el XX. Las estivadas proporcionaban una cosecha complementaria, casi siempre de centeno, muy importante para la alimentación de una Galicia que estaba por aquel entonces muy densamente poblada. Además, también tenían un rol central en la reproducción del ciclo productivo del mato, movilizando la fertilidad del suelo, actuando como pesticida natural y mejorando la composición de los suelos pesados.
—La abuela Antonia siempre hablaba de esto —intervino Leo—. Contaba que estas prácticas fueron fundamentales cuando se empezó a plantar maíz y patata allá por el final del siglo XIX y primeros del XX, antes de la guerra civil. Era necesario mejorar la fertilidad y la rotación de cultivos para poder aumentar la producción. Además, como empezaba a haber una especialización ganadera, era más necesario aumentar los cultivos de plantas forrajeras para alimentar a los animales, y también en esto las estivadas fueron determinantes. ¡Vamos! Que fueron importantísimas durante muchísimos años.
—Pero entonces… ¿en aquellos tiempos no había incendios como los de ahora? ¿Sólo los fuegos que se usaban para las estivadas? —la historia que estaban contando su padre y su abuela tenía bastante sorprendido a Aarón.
—Pues prácticamente sí —respondió Eugenia—. Los fuegos esporádicos eran poco habituales.
—¿Y qué fue lo que cambió? ¿Por qué ahora hay tantos incendios?
—Esa es una buenísima pregunta —esta vez fue su padre el que respondió—. Básicamente, se debe a dos procesos históricos paralelos e interrelacionados. Por una parte, los efectos de la política forestal durante la dictadura franquista; y por otro, la industrialización de la agricultura. Ambos provocaron una separación entre el monte y la agricultura y la ganadería que nos ha llevado a la situación actual. La dictadura necesitaba madera para la fabricación de celulosa, y encontró en Galicia un espacio privilegiado para producirla. Expropiaron una parte muy importante del territorio, los montes vecinales, para repoblarlos con cultivos intensivos, primero de pinos, desde 1940, y después de eucaliptos, desde los años 70.
—Pero… ¿le quitaban sus parcelas de monte a la gente, así sin más?
—Sí, hijo. Así es cómo funcionan las dictaduras, no hay negociación ni explicación, solamente imposición —respondió Leo con pesar—. El caso es que con esto lo que consiguieron es crear masas de vegetación que no eran ni son bosques, sino monocultivos de árboles. Esto provocó la separación de una parte importante de los montes del sistema agrario, empobreciendo a muchas familias. Más tarde, en los años 60 y 70, se acabó de establecer esta separación con el proceso de industrialización de la ganadería, que se especializó en la producción de vacuno de leche y de pollos, que son más dependientes de los piensos que de los montes, y esto hizo que muchos montes particulares quedaran sin uso. La industrialización, además, tuvo un fuertísimo impacto social, ya que provocó la desaparición de muchísimas explotaciones familiares y la concentración de la agricultura en un número reducido de explotaciones más grandes.
—Así que los montes fueron dejando de ser necesarios para la agricultura y cada vez más pertenecen a personas que no viven siquiera en el rural —corroboró la abuela Eugenia—. Y en este contexto comenzaron a ser objeto de plantaciones de eucalipto. Un caldo de cultivo idóneo para los fuegos: cada vez menos personas trabajando la tierra, y un aumento de la biomasa, es decir, de combustible para esos fuegos. Mal negocio, neniños…
Xosé habló por primera vez desde que habían iniciado la conversación.
—El otro día escuché a un experto en mi uni que decía que desde 1974 hasta hoy han ardido más de tres millones de hectáreas en Galicia. Y que por mucho que invirtamos en extinción de fuegos el problema no va a desaparecer si no somos capaces de pensar en un futuro del territorio diferente al que tenemos, que no puede ser como el del pasado, pero que necesariamente debe rehacer las conexiones entre las distintas partes del territorio y con las personas que habitan en él.
—No le falta razón… —aseveró con pesar Eugenia.
La familia continuó caminando en silencio durante un rato entre la tierra quemada. Aarón, que avanzaba mirando a su lado con pesar, paró en seco en un determinado momento y por primera vez desde que habían iniciado la travesía sacó su teléfono del bolsillo. Activó la cámara e hizo una foto a una pequeña ramita verde que surgía en medio de la negra tierra. Sus padres, que estaban parados detrás de él, vieron como el chico abría su aplicación de Instagram y subía la fotografía que acababa de tomar, junto a la que únicamente escribió «#brotesverdes». Leo y Maruxa se miraron de soslayo, con una pequeña chispa de orgullo en los ojos. Eso de «Brotes verdes» representaba perfectamente su sentir… La desconexión de su hijo con la naturaleza aun no parecía ser total. Había esperanza.