EN TIERRAS OLVIDADAS,
el fuego se hace el dueño

Volumen 2, Artículo 6

Un texto de Aitor Alonso Rodríguez, basado en el resumen realizado por Eduardo J Corbelle Rico y Edelmiro López Iglesias

Inspirado en el artículo científico de Eduardo Corbelle (Departamento de Ingeniería Agroforestal, Universidad de Santiago de Compostela; Centro de Investigación Interuniversitario de los Paisajes Atlánticos Culturales) y Edelmiro López (Departamento de Economía Aplicada, Universidad de Santiago de Compostela; Centro de Investigación Interuniversitario de los Paisajes Atlánticos Culturales) Farmland Abandonment and Afforestation – Socioeconomic and Biophysical Patterns of Land Use Change at the Municipal Level in Galicia, Northwest Spain, publicado en la revista Land (2024)

Cuando vi las heridas en las manos de mi abuelo, pensé que ya no íbamos a trabajar más.

Estábamos en octubre y el frío arreciaba, parecía que estaba jugando a Pokémon y atravesaba la ruta para llegar a Ciudad Puntaneva. Pero realmente estaba en el campo de atrás de la antigua casa de los padres de mi abuelo, en una aldea cerca de Verín. Era curioso. Mi abuelo llevaba años viviendo en la isla de Ons y, que yo supiera, rara vez venía a visitar el pueblo. Quizás una vez al año, para agradecer a los vecinos que nos cuidaban la casa. De hecho, desde que era una niña que yo no venía por aquí, y mi hermana Cíes no había venido todavía.

La pobre, cuando vio la sangre, se asustó y empezó a gritar pidiendo algo para vendarle las manos.

—Esto no es nada —le dijo, utilizando toda su fuerza de voluntad para ponerse de cuclillas y hablarle a mi hermana a los ojos— cuando era más joven podía plantar las patatas y las nabizas sin problema, pero la edad no perdona.

Sus ojos estaban tristes. Llevaban tristes todo el día. Desde ayer. Lo noté enseguida, en cuanto empezamos a percibir los estragos del verano mientras íbamos por la A-52. Fue la primera vez que vi a mi abuelo soltar una lágrima. Su tierra natal estaba allí y al mismo tiempo no estaba. Este verano los incendios habían quemado más que árboles.

Parecía que le habían quemado el alma.

—Durante las últimas décadas, la mayor parte de la población se fue a vivir a la costa. Ahora en estas áreas poca gente queda —nos había dicho apenado—. Y ya ni cultivamos ni nadie tiene vacas. Ahora todo viene de fuera, todo de fuera.

Recordé que mi tía Marisa nos había hablado de ello durante la comida. Ahora, en los países del hemisferio norte cada vez se dedica menos superficie de producción a alimentos y a ganado. Así delegamos la producción agraria a países del hemisferio sur, donde se produce mayormente la deforestación, por ejemplo.

—Ahora todo es plantar eucalipto o dejar el monte a su libre albedrío. La gente ya no cultiva las tierras, ya no pastorea, solo hay maleza— dijo mi abuelo.

Durante la comida también hablaron de como en los últimos veinte años, en Galicia, el cambio de uso de la tierra había configurado cuatro áreas diferenciadas: una donde vive la mayoría, sobre todo en la costa; otra donde se produce madera; otra, cada vez más pequeña, donde se concentra la actividad agrícola y ganadera, y una cuarta, en la que está nuestra aldea, donde la gestión humana va desapareciendo, donde crecen las masas de mato y arbolado.

—¿Pero eso no es inevitable, tía? —le había preguntado.

—No, no lo es —respondió—. Y tiene consecuencias ambientales, sociales y económicas. Por ejemplo, tenemos que comprar fuera muchos alimentos que podríamos producir; y aparecen más jabalís y corzos, pero muchas especies de aves esteparias, como la perdiz o la codorniz pierden su sustento. Además… —se detuvo mirando al abuelo.

—Puedes decirlo, miña filla. Con el monte sin cuidar, se incrementa fuertemente el riesgo de incendios.

Pensar en ello le dolía. Decirlo en voz alta le traía a la memoria esas noticas donde las lenguas de fuego acariciaban las casas de sus amigos. Por suerte, nosotros no sufrimos ninguna pérdida. Aunque cuando se lo dije a mi abuelo, me sonrió con ternura, pero no se mostró de acuerdo.

—Sálvora cariño, tanto yo como los otros vellos que viven aquí, o todavía venimos a veces, perdimos mucho. Mucho…

No lo entendí del todo. Creo.

— A ver. Es un desastre, pero no es para tanto.

Y me comí una bronca de mi maravillosa hermana pequeña.

—¡Tonta! ¡Eres tonta! El abuelo llora porque los arbolitos ya no están y ahora en vez de verde solo hay colores tristes. ¡Me lo dijo mamá!

A veces, en vez de una niña, parecía mayor que yo. Sus pequeños ojitos parecían ver el mundo con una intensidad que brillaba. Quería capturar los árboles, el cielo y, sobre todo, el mar. Le revolví el pelo.

—Tienes razón. Perdona, abuelo— Mi abuelo sonrió.

—No pasa nada, cielo. Bueno, ¿manos a la obra?

Claro. Este verano mi abuelo se propuso dos cosas: pasar más tiempo con nosotras durante el año e ir más al pueblo. Y ahí estábamos, en la aldea, de fin de semana familiar para «enseñarnos a la nueva generación a labrar la tierra». Qué pereza. Pero el abuelo no quería que se perdiera el oficio en su familia, y mi madre y mi tía Marisa se mostraron de acuerdo. Así que a nosotras y a mis primos nos tocó venir. Y después de comer llegó el momento de poner los guantes, calzar las botas para no mancar los pies con la azada y… a aprender, supongo.

Mientras me ponía las botas, antes de empezar a trabajar y de que mi abuelo se hiciese la herida en las manos, recordé lo que mi profesora Paca nos había dicho en clase. Al parecer, hay intentos por parte del gobierno para frenar el despoblamiento del rural y limitar el riesgo de incendios. Creo que había dicho que el último había sido la Lei 11/2021 de recuperación de la tierra agraria de Galicia, que está vigente y recoge medidas para la movilización productiva y la mejora de los usos de la tierra…. A veces me sorprende mi memoria. Aunque seguro que mañana ya no me acuerdo.

También dijo que la mayor parte de los instrumentos que propone tienen un inevitable carácter experimental y lo mejor sería aplicarlos donde su efecto fuese más transformador. Para eso, conocer los cambios recientes y la realidad actual del uso de la tierra es esencial. O algo así dijo, creo. Dijo que los instrumentos para romper la homogeneidad del paisaje forestal tendrían mayor impacto donde mayor densidad de población hay, donde se concentra la actividad forestal y donde la actividad humana está desapareciendo. En cambio, aquellos para mejorar la viabilidad de las explotaciones existentes tienen mayor relevancia en el área donde se concentra el sector agrícola y ganadero. ¿Y por qué me ponía a recordar todo esto ahora? Ni que tuviera examen el lunes.

—Venga Sálvora, levanta o cu, coge la azada y haz así.

La representación del abuelo Ramón de cómo cavar la tierra me pareció bastante sencilla de imitar. Por eso, cuando cogí la azada y del peso casi me caigo para atrás, todo el mundo se rio. Qué vergüenza…

—Miña filla… No te preocupes. Para eso estás aquí – y se puso nostálgico –. Antes, cuando empezó la democracia, por 1976, la mitad de la población de Galicia eran labregos. Pero ahora solo el 5% tiene su actividad en la agricultura, ganadería y silvicultura. Y por eso estáis aquí. No me gustaría que mis nietas no sepan como plantar unas verduras.

Puse los ojos en blanco. Como me gustaría ponerme el nuevo disco de BTS, o contestar los Tik–Toks que me enviaron mis amigas o… por culpa de la tía ahora estaba viciada a Pokémon.

—JAJAJAJA. Lo hago mejor que tú Salvi. Mira, mira.

Cíes estaba cavando con una azada pequeña, con supervisión de papá. Esa sonrisa… Esa ilusión en sus ojillos… Bueno, si ella lo disfrutaba yo no iba a ser menos.

—¿El vecino Gabriel volvió a mover las lindes?

—Sí, miña filla.

Escuché mientras recogía la azada del suelo. Mi tía suspiró.

—Realmente, que se haya fragmentado tanto la propiedad explica también en buena medida por qué la actividad agraria fue desapareciendo progresivamente en ciertas comarcas. Y así vamos, en muchas zonas, una propiedad muy fragmentada, limitantes biofísicas, problemas de accesibilidad, envejecimiento y emigración se van combinando con la homogeneización del paisaje y la frecuencia de grandes incendios. Todo en un círculo vicioso que, sinceramente, me preocupa.

Como diría mi padre: no entendí de la misa la mitad.

Mi tía, a veces, se ponía excesivamente técnica y me costaba seguirla, pero bueno, me quedó claro que es importante aprender a trabajar la tierra y poner en valor el rural.

Miré al horizonte y comparé el paisaje quemado con el que no lo estaba. Suspiré.

Entre mi tía, mi abuelo y mi hermana iban a hacer que aprendiera a apreciar la naturaleza simplemente por estar ahí. Bueno, supongo que mi querido Suga puede esperar.

—A ver, abuelo. ¿Cómo hago para no caerme hacia atrás?

—Pues no levantando tanto la azada y sujetando con fuerza. Así. ¡Ahh!

Claro. No se había puesto los guantes y una astilla hizo de las suyas. Empezó a sangrar, mi hermana a gritar asustada pidiendo un botiquín, o qué sé yo, mi padre a reñir al abuelo por no tener cuidado… Y como quien no quiere la cosa, ahí estaba yo, entre sonriendo, riendo y preocupada por la herida de mi abuelo. Cansada, después de trabajar en el campo. Pero feliz, sí.

Creo…

Creo que podría acostumbrarme a esto.