La mirada más intensa de la educación ambiental

Volumen 3, Artículo 4

Un texto de Brais Suárez Eiroa, basado en el resumen de Júlio J. Conde

Inspirado en el artículo científico de Júlio J. Conde (Universidade de Vigo) Education for Sustainable Development: The Iron Fist of Capitalism in the Era of Climate Emergency, publicado en la revista Australian Journal of Environmental Education (2025)

El azul del cielo parecía descomponerse a pedazos. Las nubes se juntaban y se alejaban como un puzle que no termina de montarse. Era una tarde cualquiera de abril; una tarde más en medio de la rutina. Los ojos de Juan permanecían inmóviles ante aquel baile de primavera donde nadie parecía encontrar pareja. Quizás de eso fuera la cosa. Quizás Juan estuviera, por primera vez, sometido al vacío de no entender qué le estaba sucediendo. 

—Hola Juan, ¿qué miras? —le preguntó Lucía desde la puerta de la terraza. 

—Estoy mirando cómo puedo hacerte la vida imposible, enana —replicó Juan rápidamente, evitando decir lo que realmente estaba pensando. 

—Eres un idiota —espetó su hermana—. Pues ahora no te digo lo que te venía a decir. 

—¿Y crees que me importa? Viniendo de ti, no creo que fuera nada importante —contestó Juan, volviendo a reconectar con sus pensamientos mientras Lucía abandonaba la terraza enfurruñada. 

Hacía ya dos días desde aquella excursión a la isla de Ons. Como era habitual en estas ocasiones, todo el mundo estaba excitado por perder el día de clase. Juan, sin embargo, parecía sentirse distinto esta vez, aunque, en realidad, su estado de ánimo poco tenía que ver con aquella salida. Llevaba varias semanas sintiéndose como una paleta de colores que se había caído al suelo. Su alegría característica se había disuelto entre muchas otras emociones que hacían tambalear los cimientos sobre los que acostumbraba a vivir. A pesar de ello, se vistió de su papel habitual y llegó al instituto preparado con su mejor fachada.  

—¿Qué tal, Uxía? ¿Lista para naufragar en medio del mar? —preguntó Juan con tez seria. 

—Calla hombre, no fastidies. Siempre me mareo en los barcos, ya tengo bastante con eso. No me asustes más —contestó ella. 

—Cuando en todas las novelas donde aparecen barcos hay naufragios, por algo será, ¿no? —insistió él, esta vez mostrando una sonrisa pícara. 

—¡Boh! Eres idiota. Nadie te pidió tu opinión —replicó su compañera mientras se daba la vuelta. 

Fue entonces, mientras Juan se reía por lo que él consideraba que había sido una broma bien configurada, cuando recibió su primera sacudida del día. A medida que la cocorota de Uxía se iba haciendo cada vez más pequeña, aquellos ojos de color verde avellana se iban haciendo cada vez más grandes. Instintivamente, Juan se agachó para sumergirse en su mochila y buscar sabe Dios qué en ella, como un avestruz escondiendo la cabeza debajo de la tierra. Por suerte para él, Damián apareció para devolver las cosas a su sitio. 

—¿Qué pasa, bro? —saludó Damián con ímpetu—. ¿Viste ayer el capítulo de One Piece? 

—¡Vaya locura de capítulo! —contestó Juan mientras se incorporaba para saludar a su amigo. 

Como si no fueran parte del mundo que les rodeaba, Juan y Damián se pasaron todo el viaje hasta Ons hablando de la serie y de todas las teorías que existían sobre el One Piece. Únicamente la bocina del barco llegando a la isla y el aviso energético e insistente de su profesora hicieron que reconectaran con la realidad. Al desembarcar, un joven de unos veinticinco años estaba de pie esperando. Mientras que el grupo se reconstituía del viaje en mar y se colocaba alrededor del joven, Ramón, que pasaba por allí, se detuvo a su lado.  

—Xosé, evita contarles la historia del cementerio —dijo el marinero—. La última vez que la contaste, desaparecieron dos personas en la isla y todavía no aparecieron —añadió con voz seria. 

Ante los ojos atónitos del alumnado, Ramón descendió del muelle y se subió en su pequeña embarcación, en silencio, tratando de ocultar una visible sonrisa traviesa. El guía, traspasado por una doble sensación de diversión y apuro, saludó al marinero con la mano y se dirigió hacia los estudiantes. 

—¡Buenos días! No le hagáis caso. Está bromeando. Nadie ha desaparecido en la isla en las tres últimas semanas —se apresuró a decir, decidiendo continuar con la broma—. Soy Xosé, vuestro guía en esta excursión. ¿Qué tal ha ido el viaje? 

—Bien. Quitando cuatro vómitos y algunos mareos más, hemos llegado a tierra sin dejar a nadie atrás —bromeó Paca, la profesora.  

—¡Estupendo! Eso es lo que quería escuchar. ¿Qué emoción tendría venir hasta la isla si no? —comentó Xosé, mirando fijamente a un alumnado incierto ante la extraña conversación. 

Después de presentarse, Xosé dedicó quince minutos a explicar cuál era el plan de su visita. Posteriormente, el grupo se puso en marcha para completar todas las paradas que tenían previstas. En total, la visita guiada duró unas dos horas y media. Al terminar la ruta, el grupo se sentó en un merendero para disfrutar de la comida que habían traído. Después de la comida, todavía tuvieron dos horas libres para disfrutar del entorno libremente.  

En general, el entusiasmo acompañó aquella excursión desde el principio hasta el final, y se puede decir que todo salió según lo planeado. Al menos, eso es lo que dirían el noventa y nueve por ciento de las personas que estuvieron allí. Como aquel polluelo que se cayó del nido durante la visita, Juan se sintió desamparado, especialmente después de la parada que hicieron a mitad de la ruta norte. A diferencia de aquel polluelo, ni Xosé, ni ninguna otra persona, se habían detenido para ayudarle a comprender qué estaba sucediendo. Bajo aquel cielo fragmentado y dinámico, un cielo que mucho se parecía a aquel cielo bajo el que estaba recuperando todos estos recuerdos, Xosé detuvo al grupo de nuevo, señaló con su dedo índice al tronco de un árbol y preguntó: 

—¿Qué es esto? 

Con cierta incredulidad por lo absurda que parecía la pregunta, varias personas contestaron al unísono: 

—Un árbol. 

—Sí, es un árbol —contestó Xosé —. Pero también es algo más. ¿Qué es? 

—Un eucalipto —respondió una compañera. 

—Correcto, es un eucalipto —confirmó Xosé—. Pero también es algo más —insistió—. ¿Qué es? 

—¡Una planta! —se animó a responder Juan con entusiasmo y tono burlón, lo que despertó las risas de su clase. 

—Correcto, es una planta; una planta muy grande —aceptó Xosé, siguiéndole la corriente. Pero también es algo más —repitió—. ¿Qué es? 

Fue en ese momento cuando, por segunda vez aquel día, Juan sintió una nueva sacudida. Aquellos ojos de color verde avellana volvieron a invadir los suyos y, sin haberlo visto venir, la energía que avivaba su risa se trasladó a sus piernas, que empezaron a temblar.  

—Es madera —contestó la compañera que había asestado el golpe a Juan. 

—¡Correcto! Esa es la respuesta que estaba buscando —confirmó Xosé finalmente, antes de continuar la explicación—. Esto que tenemos aquí es una planta, es un árbol y es un eucalipto, pero, sobre todo, es madera. Quizás no para mí, y puede que tampoco para muchas de las personas que estamos hoy aquí. Pero la sociedad, en general, no planta eucaliptos por su esplendor, ni porque le parezcan poéticos. Los plantan para obtener madera. 

Xosé dio un par de golpecitos al tronco con los nudillos, como si comprobara que era real. 

—Al decir «madera», ya no hablamos de ecología o de botánica, sino que hablamos principalmente de economía. Y cuando hablamos de economía, hablamos de que hay que tomar muchas decisiones: quién decide qué se planta, en qué cantidad, para qué industria, con qué ayudas, con qué leyes y con qué consecuencias. Por eso, aunque parezca raro, esta planta, este árbol, este eucalipto y esta madera también son política. 

Para Juan, esta explicación sonaba como quien pone la radio para tenerla de fondo mientras conduce. Las palabras de Xosé eran como una melodía carente de importancia que poco podían explicar lo que le estaba pasando. Sin embargo, Uxía siempre estaba atenta, y siempre tenía alguna pregunta que hacer. 

—Pero, a ver —dijo—, que sea madera no lo convierte en algo malo. La madera es importante. Necesitamos madera para muchas cosas. 

—Totalmente de acuerdo —asintió Xosé—. No estoy diciendo eso. Lo único que estoy diciendo es que podemos ponernos muchas gafas diferentes para ver una misma cosa de diferentes formas y, por desgracia, la lectura política de este eucalipto, de esta madera, muchas veces se omite y, en muchas ocasiones, se omite a propósito. Pensad que, si el único objetivo es producir madera barata, la naturaleza deja de ser naturaleza y pasa a ser un lugar donde extraer recursos para ganar dinero. Insisto, no estoy diciendo que no sea necesario producir madera; lo que estoy diciendo es que es importante destacar que si la producción de madera es un negocio que prioriza ganar dinero, la naturaleza se ve comprometida por cuestiones que son esencialmente políticas. 

—Pero, de eso trata el desarrollo sostenible, ¿no? —preguntó Uxía—. Se supone que hoy en día la producción se hace de forma sostenible. 

Xosé sonrió con esa paciencia que se reserva para las preguntas que importan. Tras una breve pausa, contestó calmadamente. 

—La idea del «desarrollo sostenible» suena muy bien. Conciliadora. Esperanzadora. Es como si dijera: «tranquilos, no hay que discutir; podemos tenerlo todo». Sin embargo, en la práctica suele ordenar las prioridades de una manera muy concreta. Si una iniciativa tiene impacto ambiental, pero genera empleo y crecimiento, es fácil que se presente como más sostenible que otra que proteja la naturaleza, pero limite beneficios o frene el crecimiento. El desarrollo sostenible nos promete que, con la tecnología adecuada, ese impacto se reducirá. Lo que casi nunca plantea es que también podríamos cambiar nuestra idea de bienestar y de progreso. 

—¿Estás diciendo que el desarrollo sostenible es malo? —insistió Uxía, que siempre se lo cuestionaba todo. 

Paca, la profesora, carraspeó. 

—Uxía… deja respirar un poco al guía —dijo, medio en serio, medio en broma. 

Xosé levantó la mano, restándole importancia. 

—No pasa nada, Paca. Creo que es muy importante que haga esa pregunta en alto —dijo, y volvió a mirar a Uxía—. Los objetivos del desarrollo sostenible señalan problemas reales y urgentes, eso es evidente. Pero si, para abordar cualquiera de esos problemas, la prioridad absoluta es el crecimiento económico, entonces muchas veces tendremos una contradicción, ¿no crees?  

Uxía asintió con una expresión que mezclaba duda y aceptación. Juan, en cambio, sintió un escalofrío y tragó saliva. Sentía que él también tenía problemas que no estaba sabiendo abordar.  

Ante el silencio del grupo, Xosé prosiguió su discurso. 

—Mirad, estaréis cansadas de escuchar que hay una educación que nos dice que con pequeños gestos como apagar la luz, cerrar el grifo y separar los residuos, podemos ser sostenibles. Está claro que todos esos gestos son importantes y necesarios. Sin embargo, cualquiera de esas acciones, por sí solas, funcionarán tanto como ponerle una tirita a una pierna fracturada. Aunque una parte de la educación ambiental sigue esa corriente, también existe una educación ambiental que busca aportar soluciones adecuadas a los verdaderos problemas. Si los problemas son colectivos y estructurales, las soluciones que necesitamos también serán colectivas y estructurales. Os pongo un ejemplo, y después seguimos con la ruta —Xosé se detuvo para coger aire—. Mi amiga Aura, que es una erudita del tema, siempre me dice que hay dos formas de abordar el problema de los incendios. La versión del desarrollo sostenible es, principalmente, desarrollar más tecnología, más drones, más planes y equipos de extinción… Estas soluciones, sin embargo, no abordan el problema colectivo y estructural. La educación ambiental, por otro lado, señala causas como el negocio de la madera y los monocultivos de eucalipto, el abandono del rural y la falta de estrategias de prevención, que muchas veces dependen de involucrar de forma eficaz a la comunidad en la limpieza y cuidado de los montes. ¿Se entiende lo que quiero decir? —preguntó Xosé mirando fijamente a Uxía. 

—Creo que sí —respondió ella—. Si entiendo bien, la cuestión no es simplemente cuidar árboles, sino entender por qué estos árboles están aquí y repensar cómo nos relacionamos con ellos. 

Xosé sonrió, como si esa frase le hubiera ahorrado media hora más de explicación. La ruta se estaba haciendo larga y él debía volver después de comer para estudiar para sus exámenes de máster. Al fin y al cabo, el objetivo de aquel trabajo era poder pagarse los estudios. 

—Correcto —concluyó Xosé—. Necesitamos que la educación dé el salto definitivo para estudiar y analizar los problemas de forma holística, y dejar ya de una vez de presentar soluciones parciales como si fueran las únicas posibles. Y con esto, mi querido grupo, vamos a continuar nuestro viaje por la isla, que nos quedan todavía muchas aventuras en las que detenernos. 

Después de aquella parada, la ruta, y el día, continuaron. Sin embargo, Juan estuvo mucho más callado que de costumbre. Por suerte, Damián, que no tenía grandes dotes empáticas, pasó por alto el extraño estado de Juan y se pasó el resto del día hablándole de los videojuegos a los que había estado jugando ese mes, de unos vídeos de TikTok que había visto esa semana y de una nueva teoría sobre el One Piece que se le había olvidado comentar antes. Mientras tanto, Juan se enfrentaba a sí mismo, en silencio. Durante el resto de la excursión no pudo quitarse de la cabeza aquellos ojos de color verde avellana, los mismos ojos que le sacudirían una última vez antes de abandonar el instituto ese mismo día. 

Dos días después, bajo el cielo fragmentado de la terraza, Juan regresó del recuerdo como quien vuelve a la superficie después de bucear más tiempo del previsto. Tras de sí, se escuchó el carraspeo de su hermana. 

—Creo que te pasa algo, así que te perdono que seas idiota —dice Lucía. 

—Déjame en paz, enana —replica Juan. 

—Solo quería decirte que por la mañana me encontré a Marga, tu compañera de clase, y me dijo que te diera este sobre. 

Lucía sacó un sobre pequeño y marrón. Parecía cerrado. Juan miraba el sobre sin parpadear. 

—Bueno, ¿qué? ¿no lo vas a coger? —dijo Lucía para sacar a su hermano de su ensimismamiento. 

Juan acercó su mano para cogerlo. Al tocar el sobre, Juan sintió como se le aceleraba el pulso. Otra vez, esa desesperante sensación que no era capaz de entender. Otra vez, sus piernas volvían a temblar. De hecho, Juan sentía que estaba viviendo un terremoto de emociones. 

—¿Y me lo dices ahora? ¿Pero cómo se te ocurre no habérmelo dado nada más llegar a casa?