LA VIDA QUE MERECE LA PENA SER VIVIDA
Volumen 1, Artículo 3
Un texto de Brais Suárez Eiroa, basado en el resumen elaborado por Iria Vázquez Silva
Inspirado en el capítulo de Iria Vázquez (Universidad de Vigo), David García (Universidad de Santiago de Compostela) y Nuria Fernández (Consellería de Cultura, Educación, Formación Profesional y Universidades) Herramientas ecofeministas para una nueva educación, que forma parte del manuscrito “Alrededor del rural. Comunidad de saber e innovación socio-educativa” (ISBN: 9788412748901, 2023)
— Abuelo, ¿crees que algún día podré trabajar en el mar? —preguntó Cíes mientras vestía sus pies con la arena de la playa.
— Si es lo que quieres, estoy seguro de que lo harás —contestó Ramón mirando con ternura a su nieta.
— Pero escuché que el mar está enfermo —insistió Cíes—. Se muere el mar, ¿cómo voy a trabajar en él?
Ramón suspiró, consciente de la inteligencia de su nieta de doce años.
— Es verdad que el mar está enfermo. Llevamos tanto tiempo sin cuidar de él que las cosas ya no son lo que eran. La diferencia de ahora, antes encontrabas berberechos en cualquier esquina, nadabas con todos los pescados que pudieras imaginar y podías bañarte en cualquier rincón —Ramón hizo una pausa, alzó la vista para contemplar las nubes surcar el cielo azul y prosiguió con serenidad—. Necesitamos el mar y la naturaleza porque de ella viene el agua que bebemos, los alimentos que comemos y también el aire que respiramos.
— Pero, si el mar es tan importante, ¿por que no cuidamos de él? —preguntó Cíes arrugando el ceño.
Lo cierto es que Ramón no tenía una respuesta para aquella pregunta. De hecho, llevaba años preguntándose el mismo.
— En general, las personas cuidamos muy poco de cualquier otra cosa que no sean nuestro dinero. Tú eres muy joven, pero ya has visto como se quemaban montes enteros, has vivido una pandemia mundial y estás viviendo rodeada de guerras que siempre pensé que no volvería a ver. Las personas nos dedicamos a vivir sin cuidar de nada ni de nadie.
Cíes miró a su abuelo con seguridad.
— Abuelo, tu siempre cuidaste de mí.
Ramón miró a su nieta con amor y, después de apoyar su mano en la cabeza de Cíes, bajó la mirada hacia la arena.
Ramón recordó su estancia en Bangladesh. Antes de llegar había escuchado mil y una veces que tuviera cuidado con el agua potable porque la gente de allí estaba contaminando los ríos. Cuando desembarcó, con todo, se dio cuenta de que el problema era diferente. Muy pronto pudo sentir que el hecho de que no pudiera beber agua potable tenía poco que ver con el desinterés de aquella gente para cuidar de los ríos; el problema principal, en realidad, era que aquella gente vivía al límite. Además, a través de una escritora conocida en la región como Vandana Shiva, Ramón entendió que su miseria no nacía de la ignorancia o de la falta de civilización. Al contrario, aquella gente era muy consciente de que Bangladesh estaba siendo utilizada para nutrir a Europa de ropa barata, de arroz y de otros productos agrícolas. De alguna forma, Bangladesh estaba en la parte baja de la cadena alimenticia humana, incapaz de protegerse de las especies depredadoras europeas y afanadas en destruir su entorno, y el cuerpo de las personas que allí habitaban, para poder (mal)vivir. Ramón sintió vergüenza.
Hundiendo los pies en la arena, ese recuerdo de Bangladesh se entrelazó con otro que se produjo años después en Lisboa. Allí, Ramón acompañó a un armador a una cena de negocios. Durante la cena, la esposa del armador quiso intervenir en la conversación para apuntar que había escuchado que el bacalao en Terranova estaba en peligro de desaparición. Con un gesto seco, su marido le indicó que callara. El armador, empoderado por su traje caro, su voz grave y su apariencia corpulenta expresó airadamente que «nada ni nadie me va a impedir pescar todo lo que quiera; el hombre domina la naturaleza, y las mujeres no tienen nada que decir a este respeto». Los hombres allí sentados asintieron con la cabeza entre risas, incluido Ramón, quien volvió a sentir vergüenza al recordar como, años después, había comprendido que la explotación intensiva de bacalao promovida por aquel hombre fornido había conducido a las poblaciones locales a situaciones límite como las que había presenciado años atrás en Bangladesh.
Con la voz entrecortada al recordar el mundo al que había contribuido con su silencio, Ramón miró a su nieta y preguntó.
— Es tarde, ¿te parece bien se volvemos a casa, ruliña?
Cíes, que entendió perfectamente que su abuelo no quería hablar más del tema, le cogió la mano y asintió con la cabeza. Dejaron la playa atrás y caminaron por el sendero que llevaba a la casa. El sol lucía con fuerza, aunque a veces jugaba al escondite con alguna nube pasajera. Las luces y las sombras que se formaban se reflejaban en las caras de Cíes y Ramón quienes, al llegar, se encontraron con Marisa.
— Vaya, parece que tuvisteis una conversación profunda —dijo sonriendo, al ver los ojos pensativos de Ramón y a mano de Cíes apretada en la suya.
— Fue culpa mía —le respondió Cíes a su tía—. Hice algunas preguntas que pusieron triste al abuelo.
— No te preocupes, mi niña —se apuró a decir su abuelo—. No me pusieron triste tus preguntas. La verdad es que estuvimos hablando del futuro —prosiguió el abuelo mirando a Marisa— y me apena ver el mundo a lo que contribuí. Se pudiera volver atrás, me gustaría ayudar a construir un mundo mucho mejor para Cíes.
Marisa, que era una persona muy despierta, entendió perfectamente la que se refería su suegro. En sus clases de economía, de hecho, ella explicaba que las sociedades actuales viven una situación inédita en la que se acumulan crisis ambientales, económicas, sociales y culturales. Con todo, Marisa también era consciente de que la llama de la esperanza estaba viva y, quizás, más viva que nunca. Desde los años 70, muchas autoras ecofeministas habían contribuido a señalar el camino. Los ecofeminismos habían contribuido a poner sobre la mesa a existencia de una relación entre la dominación y explotación de las mujeres por parte del patriarcado y la explotación de la naturaleza por parte de los humanos, aunando una sinergia entre feminismo y ecologismo. La Marisa le fascinaba el tema. En una conferencia de Yayo Herrero, Marisa había entendido algo que, ahora, ponía en valor a enorme contribución que su abuelo había acercado al mundo que quedaría a Cíes.
— Cíes, tu abuelo vio muchas cosas en su vida, y es cierto que con su silencio muchas de esas cosas permanecieron intactas. Con todo —continúo Marisa con la mirada iluminada y una expresión confidente hacia su suegro—, el legado de tu abuelo es mucho más valioso que todo el dinero del mundo.
Ramón miró a su nuera con intriga mientras Cíes, que lo admiraba desde que tenía conciencia, clavaba su mirada vidriosa en la cara de su abuelo. Marisa continuó.
— ¿Recuerdas el cariño con el que limpia la finca y poda los árboles? ¿O los comederos de pájaros que colocó en la isla? ¿O su manera paciente y respetuosa de pescar y el cuidado que pone en proteger el mar? ¿Te acuerdas también del caldo que preparaba tu abuelo cada vez que alguien de la isla enfermaba? ¿O de que el abuelo siempre preparaba el desayuno de la abuela para que ella pudiera descansar un poco más antes de ir a trabajar?
Cíes asentía con cada una de las preguntas de su tía, aunque no era capaz de entender dónde quería llegar. Marisa, que supo leer la confusión en la cara de su sobrina, intentó explicarse mejor.
— Tu abuelo siempre cuidó de las personas que tenía a su alrededor, se preocupó por las personas que conocía directamente y también por no hacer daño a las personas que no conocía. Cuidó de sus fincas, del mar y, en general, de todo su entorno. ¿Sabes que? —Marisa hizo una pausa para coger aire mientras sentía la mirada penetrante e impaciente de su sobrina—. Cuidar es la herramienta más poderosa que tenemos para construir un mundo mejor y tu abuelo es una de las mejores personas que conozco cuidando.
— ¿Cuidar? —preguntó Cíes, aún confusa.
— Sí. Imagina que la vida es como un bosque. Un árbol representa a las personas que te rodean; otro, a las personas que no conoces; otro, al mar que tanto te gusta… En un bosque, las raíces están interconectadas y son interdependentes. Puedes cuidar de un árbol, pero eso no garantizador que el bosque vaya a sobrevivir. Si los árboles están interconectados a través de las raíces que están debajo de la tierra, necesitamos cuidar de ellas para cuidar del bosque. Muchos de los problemas que sufren las personas que te rodean, las personas que no conoces y el mar que tanto te gusta, comparten las mismas raíces: la ambición sin límites, la competencia desmesurada, el querer siempre ganar más dinero, el dominio impuesto de los hombres en el diseño del mundo… Cuidar significa frenar nuestra ambición por dominar el mundo, ayudar y colaborar en lugar de competir, y también implica centrarse en el verdaderamente importante de la vida.
Marisa, consciente de que su sobrina y su suegro la miraban perplejos, se detuvo un momento. Durante unos segundos, el único son que se escuchaba en aquella calle era el movimiento de las hojas de los árboles bailando al son de la brisa que entraba desde el noreste en la isla. Cíes interrumpió el silencio con otra pregunta.
— Pero entonces, si aprendemos a cuidar, como hizo el abuelo, ¿podré trabajar en el mar cuando sea mayor?
— El abuelo hizo bien una parte del trabajo —dijo Marisa mientras miraba con complicidad a su suegro—. Aún así, queda mucho trabajo por delante. Como dice mi amiga Amaia, que es una experta en estas cuestiones de ecofeminismo, necesitamos construir «una vida que merece la pena ser vivida». Amaia siempre insiste en que, para eso, necesitamos, por ejemplo, reducir el número de horas de trabajo, equilibrar el trabajo que hacen hombres y mujeres dentro del hogar, fortalecer los sistemas públicos y disponer de tiempo y apoyo para poder cuidarnos a nosotros mismas. Según Amaia, quedan muchas cosas por hacer, pero, por lo menos, ya conocemos el camino.
Estas últimas palabras enmudecieron de nuevo el ambiente. «Una vida que merece la pena ser vivida», pensó Cíes. Eso es exactamente lo que ella quería. Con la mirada llena de esperanza, fue Cíes, de nuevo, quien rompió el silencio.
—Creo que eso de ecofeminismo no está nada mal.
Agradecimientos:
El artículo Ferramentas ecofeministas para unha nova educación, que forma parte del manuscrito “Arredor do rural. Comunidade de saberes e innovación socio-educativa”, ha sido creado gracias a Arredor do Rural, una plataforma que lidera proyectos socio-educativos en las tres universidades gallegas.