Mensajes y mensajeros
Volumen 3, Artículo 7
Un texto de Aitor Alonso Rodríguez, baseado no resumo elaborado por Alejandro M. Fortuny Sicart
Inspirado en el artículo científico de Alejandro Fortuny-Sicart (Universidade de Vigo), Mario Pansera (Universidade de Vigo) y Javier Lloveras (Universidade de Vigo) Directing innovation through confrontation and democratisation: the case of platform cooperativism, publicado en la revista Journal of Responsible Innovation (2024)
Marga estaba nerviosa. No sabía si había hecho lo correcto, o si se lo iba a tomar a mal; le daba miedo verse hoy en clase con Juan. Hacía un par de semanas estaba tranquila; iba a clase, pasaba desapercibida, veía como su amiga se quedaba dormida y le daba con el codo antes de que empezase a babear. Seguía sufriendo cuando le mandaban hablar. En cambio, en este último año, desde que Paca era su tutora, algo estaba cambiando. Estaba ganando confianza. Ya no se creía tanto los malos comentarios que le decían en casa. Brillaba. A veces se sentía una bombilla que podía alumbrar eternamente los infinitos compases del tiempo. Otras veces pensaba que era una vela, y que su fuego la derretiría tan pronto como se había prendido.
En ambas ocasiones era incapaz de dejar de mirar a ese chico risueño que convertía las horas de clase en clases de humor.
Habitualmente no hablaban. Pertenecían al mismo grupo de colegas, pero ella siempre se quedaba con Uxía y Lucía… sin poder despegar sus ojos de él, con la esperanza de forzar alguna interacción que no se daba atrevido a hacer.
En cambio, ahora, algo había cambiado. Cuando la pillaba mirándole, Juan esquivaba su mirada, guardaba la cabeza en los hombros como topo en tierra, y encontraba al colorete reposando en sus mejillas. No se atrevió a ir a su cumpleaños, ese día se había levantado con la vela sin cera; pero cuando el lunes fueron a Ons… ese día fue especial, quizás fueran los vientos, pero el flequillo de Juan le hacía estar tan guapo… no pudo sacarle la vista de encima. Y ese día se sintió bombilla. Al volver se atrevió a escribir una pequeña carta y dársela a Lucía.
Hoy era martes, y no sabía si quería ver a Juan, o si prefería que se hubiese puesto enfermo.
—Hoy tenemos a un invitado especial —sonrió Paca— que viene a daros una charla sobre cómo la tecnología se relaciona con las plataformas digitales de reparto en bicicleta.
—Mira Juan, van a explicarnos por qué llegaste tarde el sábado —gritó Uxía—. A tu propia casa.
Juan se echó para atrás en la silla.
El fin de semana había celebrado su cumpleaños, pero se había entretenido entregando un paquete a su tío. Lo habían enviado a su casa porque su tío había estado de vacaciones. Al llevárselo, le había agarrado el brazo como si el mañana no existiese, y lo retuvo que si con las fotos de su bebé, o con lo guapa que estaba la tía con esa puesta de sol. Él solo quería llegar a casa y estar con sus amigas… Y le había dolido que Marga no hubiese venido, aunque no supiese muy bien por qué.
—Bueno sí. Yo no llegué tarde, llegué en el momento justo para dejar de explotar a Sálvora, que la teníais sola en el asador. Como seguro que explotan a los chavales que trabajan para esas plataformas.
—Esos “chavales” son mayores que tú —rio Uxía.
—Bueno clase, un poco de silencio que hoy estáis bastante alterados.
Toc, toc.
—Ah, aquí está. Adelante, pasa.
La puerta se abrió y un hombre de barba y pelo por los hombros se asomó con una sonrisa de cine.
—¡Hugo! —gritó Uxía— Mimá… —suspiró para sí.
—Uxía, cierra la boca que se te cae la mandíbula —susurró Juan.
Paca les fulminó con una mirada divertida, y los dos se callaron. Hacía un par de semanas, la clase había conocido a Hugo en un evento en Ceuán, donde todos habían salido prendados de él… aunque unos más que otros.
—Perdonad por llegar tarde. No tengo excusa, la verdad.
Paca sonrió.
—Puedes empezar cuando quieras. Como ves, te recuerdan perfectamente.
Hugo, feliz por volver a ver al grupo, asintió y se dirigió a la clase.
—¿Os han explicado la diferencia entre trabajar por cuenta ajena y trabajar por cuenta propia?
—En la primera te explotan y en la segunda te explotas tú —respondió Juan.
—No le hagas caso Hugo —respondió Uxía con un ademán —. Quiere decir que en el primer caso trabajas para alguien, con un contrato laboral, y por cuenta propia es lo que denominamos ser autónomo, trabajas para ti mismo.
—Muy bien. Veo que esta clase tiene nivel.
—Estamos en Bachiller, tampoco somos tontos.
—Juan, por favor —reprendió Paca— Hugo se rio.
—No, no. Tiene razón. A veces, las personas que no estamos con los estudiantes, tendemos a olvidar su nivel, y lo bajamos de más. Sí, en general está bien lo que dices. Los trabajadores por cuenta ajena tienen una relación de subordinación y reciben órdenes de cómo, dónde y cuándo hacer su trabajo. Esta relación contractual viene con obligaciones para el trabajador, pero también con unos derechos que el contratante tiene que respetar.
—Si ya, respetar…
—Juan, de verdad que a la siguiente te voy a echar de clase.
—Perdón, profesora —respondió avergonzado. Paca casi nunca amenazaba con echarles de clase; se lo tomó como si hubiese cruzado una línea.
—Bueno, sí que es cierto que a veces se busca “trampear” el cumplir esos derechos —reconoció Hugo—. Aunque esta es mi opinión, no la vayáis diciendo por ahí que me podéis buscar problemas.
Rio.
—Los trabajadores por cuenta propia pueden trabajar de manera independiente, con las ventajas que esto tiene, pero también tienen que hacerse cargo de su propio material, cotizaciones e impuestos, y no tienen derecho a paro, en caso de que cese su actividad. Pues hoy os vengo a hablar de plataformas digitales de reparto en bicicleta, a través de un caso de estudio que se llevó a cabo en la Universidad de Vigo, por un alumno de doctorado llamado Alexandre.
Uxía levantó la mano.
—Perdón, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Buena pregunta —sonrió—. Estas plataformas no solo proporcionan el servicio de reparto, sino que hacen de intermediadores entre las personas trabajadoras y sus clientes. A través de su software les dan órdenes y determinan una gran parte del trabajo de quien reparte, pero sin declararlas empleadas. Es decir, en vez de contar con un contrato de trabajo, obligan a sus trabajadoras a declararse autónomas, teniendo que pagar su propio material y gastos, de los cuales deberían hacerse cargo ellos.
—¿Veis como sí era explotación? —saltó Juan.
Paca sonrió y se quedó en silencio.
—Es una valoración válida —rio Hugo—. Estas prácticas las hacen, como dije, a través de una plataforma digital, que a su vez contiene algoritmos que están diseñados para cumplir funciones específicas. Algunas plataformas, por ejemplo, desarrollan su software para que, si hay una subida de trabajadoras disponibles, se reduzcan los pagos a dichas trabajadoras.
—Esto ya lo vimos, ¿recordáis? Marga, ¿qué significa esto, te acuerdas?
Marga asintió, poniéndose colorada.
—Que la tecnología no es neutral.
—Correcto —Hugo sonrió—. Cansadas de esta práctica, las trabajadoras de CoopCycle crearon una plataforma de propiedad colectiva, una cooperativa, para mejorar las condiciones de las personas que querían continuar con su empleo, pero en unas condiciones dignas. Su financiación se hace de manera democrática, y desarrollaron un software que se amoldase a las necesidades reales del día a día de quienes reparten, y no de los accionistas. Por ejemplo, su software facilita la organización de las rutas de reparto, y calcula el precio del envío para poder pagarles en condiciones. Actualmente, es utilizado por más de 60 colectivos de repartidoras principalmente en Francia, España y otros países europeos, y también en América Latina y América del Norte.
—Eso ya no suena a explotación.
Hugo rio.
—Se ve que no. Además, los miembros de la cooperativa deciden sus propias remuneraciones, cómo se organizan y cómo funcionan. Y los miembros de la plataforma que crearon comparten sus experiencias, oportunidades y errores, lo que ayuda a que desempeñen su trabajo en mejores condiciones.
Hugo se cayó y miró a Paca, dando por finalizada su exposición.
—¿Cuál es la moraleja de esta historia?
Marga, sin saber muy bien qué le estaba llevando a ello, levantó dubitativa la mano.
—Que dos tecnologías muy similares pueden servir para propósitos muy distintos. Dependiendo de lo que haya detrás: influencias, valores, objetivos. Por un lado, pueden ser opacas y ayudar a no cumplir los derechos laborales. Pero por otro también pueden mejorar las condiciones laborales y velar por la persona que está trabajando.
—Un resumen estupendo —respondió Hugo—. Por eso es importante que exijamos que la dirección que tomen las nuevas tecnologías tenga en cuenta el momento social y ambiental en el que nos encontramos. ¿No creéis?
***
Marga estaba recogiendo sus cosas. Juan no paraba de hacer girar el boli en sus manos. Llevaba todo el día dándole vueltas a la cabeza. La carta de Marga… ¿Significaba algo? ¿Lo estaba pensando de más? Él creía leer entre líneas algo que… ¿Sería su imaginación? ¿Y que había entre sus propias líneas? Lo único que sabía es que cada vez, en su cabeza, esos ojos verde avellana aparecían más y más durante… siempre.
—Ei tío, vamos que estás atontado —dijo Damián.
—Bah, calla —respondió. Se quedó en silencio, meditativo—. Tío, deja de dar la brasa y ve tirando, ya te alcanzo.
Damián se encogió de hombros y se fue de clase. Quedaba Paca, pero estaba viendo el ordenador; ahora mismo era como un decorado en su película personal. Si iba a dar el paso, este era su momento.
«Venga va. Ahora o nunca»
—Ei, Marga.
Marga dio un respingo.
—Oye… ¿tu-tuviste planes el sábado? No sé… como no viniste al cumple.
—¡Ah! Eh… había… había cosas que hacer en casa y… mi madre no… Digo yo dije que… Preferí quedarme y ayudar. Lo siento.
Juan se quedó en silencio. Asintió.
—¿Te apetece…? No.
—¿Qué?
—Nada. Ehhh —Juan se revolvió el pelo—, tu carta… Aggg… Venga va, de una. ¿Te apetece dar una vuelta el sábado o ir al cine?
Marga se quedó en silencio y Juan empezó a darle vueltas a una goma del pelo que le había robado a su hermana y que solía llevar de pulsera.
—Sí —susurró Marga.
De repente, Juan volvió a sentir ese hormigueo en las piernas. Temblor, sacudida y motor de un seísmo de pies a cabeza.
—Genial —y su sonrisa fue alegría—. Quedamos así.
—¡A ver oh! ¿Nos vamos o qué? — Damián volvió a asomar la cabeza.
—A ver de qué, payaso, te había dicho que te fueras —respondió mientras cargaba su mochila al hombro —. Hasta mañana Marga.
Marga le sonrió y siguió recogiendo sus cosas. Paca esbozó una sonrisa detrás de su ordenador. Qué bonita era la juventud.