Chicharras
Volumen 3, Artículo 6
Un texto de Cristina Vázquez Santos, baseado no resumo de Alejandro M. Fortuny Sicart
Inspirado en el artículo científico de Denise Kasparian (Instituto de investigación Gino Germani, Universidad de Buenos Aires), Agustina Súnico (Instituto de investigación Gino Germani, Universidad de Buenos Aires), Julieta Grasas (Instituto de investigación Gino Germani, Universidad de Buenos Aires) y Julia Cófreces (Departamento de filosofía, Universidad de Buenos Aires) Socio-Labour Inclusion of Low-Income Women in the Digital Economy: A Comparison between Corporate and Cooperative Domestic Work Platforms, publicado en la revista Social Sciences (2023)
Cantan as chicharras pola noite
Titilan tres Marías la no ceo
Le diste mucho al mate por la tarde
y no puedes dormir…
La música de Catuxa Salom la acompañaba muchas tardes (desde que su hija Noa se la había descubierto unos meses atrás) mientras gestionaba pedidos, revisaba facturas o actualizaba la web de la cooperativa. Al igual que la cantante, el corazón de Eva también era medio argentino y medio gallego. Sus padres eran unos de tantos españoles que habían tenido que emigrar a Latinoamérica durante la dictadura franquista buscando las oportunidades que no podían encontrar en su tierra. Y las habían encontrado en Rosario, en forma de papa, choclo y espinaca, los productos estrella que se comercializaban en la empresa agrícola para la que trabajaban. Los gallegos (así llamaban a todos, ya fuesen de Galicia o de Albacete) eran buena mano de obra, barata y trabajadora, y no tardaban en encontrar oportunidades laborales, pero muchos patrones se aprovechaban de su situación. No era el caso de Carmen y Manuel, que se consideraban afortunados por haber encontrado un trabajo con buenas condiciones y un jefe justo, Ricardo, que pagaba lo que debía y les trataba con respeto, con cariño incluso. Él les había enseñado casi todo lo que sabían del campo y del cultivo, conocimientos que, con los años, habían ido transmitiendo a sus hijas Eva, la primogénita, y Valeria, la pequeña de las hermanas.
Ambas se habían criado entre el pueblo en el que vivían, a apenas 15km de Rosario, y la ciudad, en la que pasaban buena parte de los fines de semana disfrutando de sus parques y avenidas, sus heladerías y su oferta social y cultural. Sus padres las habían educado para ser responsables, pero también independientes y valientes, combinación mágica que había hecho de su infancia y juventud temprana un período enormemente feliz. Por eso, para ellas había sido dramático el momento en el que Carmen y Manuel les dijeron que se mudaban a España. Entendían que quisiesen regresar, por supuesto. Aunque sus padres habían sido felices en la tierra del mate y los vientos del sur, nunca habían dejado de añorar su Galicia natal. El vínculo no había hecho sino aumentar desde el mismo momento en que cruzaron el Atlántico, y la morriña siempre lo había impregnado todo en su casa. Sin embargo, las hermanas, en especial Valeria, se sentían profundamente argentinas, por lo que el día en que les dieron la noticia el hogar se convirtió en un mar de lágrimas. Era 1993 cuando la familia empaquetó 20 años de recuerdos (17 en el caso de Eva, 15 en el de Valeria) y emprendió el camino de regreso al reino de las meigas.
Aunque no tardaron en adaptarse a su nueva vida, una parte de ellas se quedó en el río Paraná. En el caso de Eva era una parte pequeña, dulce. Un recuerdo que atesoraba con amor infinito, pero no tanto como para llamarla a volver. Había estudiado ingeniería agrónoma y en cuanto terminó se incorporó a la cooperativa agrícola que sus padres habían fundado al volver a Negreira. Había sido feliz desde su llegada, era como si ese fuese en realidad su sitio. Pero para Valeria era diferente. Su añorada provincia de Santa Fe la reclamaba a gritos. Se había hecho a vivir en España, sí, pero siempre había tenido claro que regresaría a Rosario. Así que en cuanto surgió la oportunidad de hacer unas prácticas allí mientras estudiaba el máster, no lo dudó ni un momento. Y ya nunca había vuelto. Bueno, sí. Algunas navidades, y de vez en cuando en verano, pero siempre de paso. Su sitio estaba allá.
Para las hermanas había sido difícil separarse. Pero se querían y se respetaban por encima de todo, nunca se habían reprochado nada: Eva no reprochaba a Valeria que hubiese decidido volver a Argentina, y Valeria nunca había reprochado a Eva que no se hubiese ido con ella. Por aquel entonces, su hermana ya se había hecho bastante imprescindible en la cooperativa familiar, y además había conocido a Antonio, el que unos años después sería su marido. Así que nunca se le habría ocurrido pedírselo.
Aunque echaban de menos el abrazarse y cogerse de la mano, su vínculo había permanecido intacto. Mantenían un contacto constante, que en los últimos años se había vuelto más sencillo con el despegue de las nuevas tecnologías. La distancia no había mermado ni un poco su complicidad y su capacidad para leerse la una a la otra. Por eso, durante su última llamada, Eva había sido consciente de que su hermana estaba preocupada antes incluso de que le diese tiempo a abrir la boca.
—Che, ¿qué pasa? ¿todo bien? Te noto medio bajoneada —era curioso ver cómo el acento y la manera de hablar de Eva cambiaban completamente al hablar con su hermana. Cualquiera que la conociese en su día a día no notaría ni el más mínimo deje en su forma de hablar. Pero en cuanto se encontraba en familia, su yo argentina brotaba automáticamente, como un resorte.
—Y bueno… ya sabés como están las cosas por acá. Desde que se metió Milei en la Casa Rosada, la situación no para de empeorar.
—¿Pero te ha pasado algo? ¿Estás bien?
—Sí, sí. Es sólo que estoy algo reflexiva… ¿Vos no andabas dándole vueltas a lo de montar un servicio de reparto de fruta y verdura a domicilio en Santiago de Compostela?
—Y sí, es algo que nos anda en la cabeza desde hace un tiempo. Tengo a Noa toda loca con eso, dice que es una gran oportunidad.
—Pero no estarán pensando en usar Glovo o una de esas plataformas esclavistas que tienen por allá, ¿verdad?
—Pues todavía no hemos desarrollado la idea. ¿Por qué lo preguntás?
Valeria trabajaba en una cooperativa cultural en la que tenían mucho contacto con gente de la universidad. Hacía poco había conocido a una investigadora que estudiaba cuestiones relacionadas con economía social, y en un artículo reciente ella y su equipo habían estudiado el trabajo en plataformas digitales desde la perspectiva de género, analizando la inclusión sociolaboral de las mujeres en dos conocidas plataformas de gestión de trabajo doméstico. Una era Zolvers, que opera en países latinoamericanos como Argentina, Chile, Colombia y México; y la otra Up & Go, una cooperativa que ofrece el mismo tipo de servicios en Estados Unidos.
—El estudio evalúa hasta qué punto esos dos modelos contribuyen a mejorar las condiciones laborales, la autonomía y el empoderamiento de las trabajadoras, analizando cuestiones como la inclusión económica, las condiciones de trabajo, la gobernanza y el diseño tecnológico —Valeria explicaba el estudio con pasión. Siempre había sentido gran sensibilidad por las cuestiones sociales, especialmente por aquellas que afectaban a las mujeres o a la infancia.
—¿Y qué encontraron? Por lo que sé Up & Go es una cooperativa, así que espero que sus prácticas sean mejores que las de Zolvers… —Eva era una firme defensora del modelo cooperativo.
—Pues sí, diste en el clavo. En el caso de Zolvers vieron que, aunque fomenta un cierto grado de formalización laboral en un sector históricamente caracterizado por la informalidad y la precariedad, como es el del trabajo doméstico, en realidad los beneficios son limitados y no alteran las tradicionales relaciones de poder. Las trabajadoras quedan subordinadas a los empleadores y a la plataforma, que usa un sistema de asignación de tareas basado en la reputación. Además, las trabajadoras no pueden calificar a los empleadores, así que se genera una enorme asimetría que da lugar a sesgo y discriminación, y la presión por mantener una buena reputación restringe mucho su autonomía sobre la organización de su tiempo. Vamos, que lo de la conciliación familiar, pura utopía para ellas.
—Por lo que veo, es una empresa al uso. Democracia y cooperación, cero —reflexionó Eva con un cierto punto de indignación.
—Tal cual. Zolvers no ofrece ningún tipo de mecanismo de participación para las trabajadoras, todo está bajo el control de la empresa, y la tecnología no deja de ser una herramienta de control laboral. Las investigadoras concluían en su artículo que la supuesta flexibilidad del modelo de plataforma en realidad encubre nuevas formas de dependencia y disciplinamiento laboral.
— Después dicen que la tecnología sirve para mejorar nuestras vidas. ¡Depende la de quién! ¿Y entonces qué sucede en el caso de Up & Go?
—Pues, resumiendo, todo lo contrario. La plataforma está integrada por seis cooperativas de limpieza conformadas principalmente por mujeres migrantes, que son co-propietarias y participan en su gestión. Ellas controlan la organización del trabajo, definen colectivamente precios y condiciones laborales y perciben el 95% de los ingresos generados. Además, no existe ese sistema basado en la reputación, sino que implementan mecanismos colectivos y humanos de control de calidad que priorizan la protección de los salarios y la mediación justa entre conflictos. La asignación de trabajos se realiza a través de decisiones tomadas por las cooperativas, lo que les da más autonomía y control sobre los tiempos y ritmo de trabajo.
—Si es que el modelo cooperativo es el mejor… —sentenció Eva, orgullosa.
—Sin duda. ¡Qué vamos a decir nosotras! —rio Valeria —. Además, en Up & Go tienen un sistema de gobernanza democrática, que es la piedra angular de la plataforma. Las trabajadoras participan en los procesos de toma de decisiones, y desarrollan capacidades más allá de las propias de la limpieza, recibiendo formación en gestión, contabilidad, marketing o diseño organizacional. Y el software de la plataforma es de propiedad colectiva y las trabajadoras participan en su desarrollo. La tecnología no se usa para vigilar o penalizar, sino para facilitar la comunicación, superar barreras lingüísticas y organizar el trabajo de forma eficiente y equitativa.
—Ya veo por qué me preguntabas qué tipo de plataforma estamos pensando en usar si ponemos en marcha lo del reparto a domicilio. ¿Vos nos ves capaces de darle bola a un sistema que explote al personal? Parece que no nos conocés, hermanita —dijo Eva en tono burlón —. Pero, ¡escúchame! Ahora que sabés tanto del tema, podés venir vos a ayudarnos a implementar el sistema de reparto justo.
Eva esperaba la habitual respuesta que su hermana solía darle cuando le hacía una mínima sugerencia de volver a Galicia, que siempre era un no rotundo. Pero en esta ocasión no había sido así. Su propuesta, medio en broma medio en serio, había estado seguida por un largo silencio de Valeria, finalizado por un «Nunca se sabe…».
Las cosas debían estarse poniendo bien feas por allá. La conversación con su hermana había dejado en Eva un poso de preocupación.
Y si cantaran las chicharras
Pola noite en mi ventana
Al menos sentiría que de alguna forma
Sigo allí
Eva se acercó a la ventana mientras Salom concluía su canto. Allí, viendo sus verdes campos y el precioso cielo azul teñido del rojo del atardecer, no pudo evitar pensar en que los sonidos de las chicharras en Argentina estaban empezando a quedar ocultos por otros más aterradores. Corrían tiempos oscuros en su tierra natal, y en su fuero interno deseaba con todas sus fuerzas que su hermana volviese a Galicia.
Lo que no sabía en aquel momento es que no tendría que esperar mucho para que eso sucediese.