Editorial

Volumen 4, Editorial

El olor a tierra mojada puede llegar a erizarte los pelos de los brazos. Es un olor singular, primario; un olor que se utiliza para describir a qué huelen otras cosas. Se trata de un aroma que nos reconecta con lo que fuimos, con lo que somos, y con lo que vamos a ser. Sin lugar a duda, la tierra mojada es mucho más que un conjunto de partículas inertes que manchan cuando las coges en las manos. Representa lo más esencial de nosotras mismas y nos transporta a la infinitud de la vida. En la tierra empieza todo y también termina todo, aunque solamente sea para volver a empezar. La tierra mojada es el origen, el motor del movimiento de la vida. De la tierra mojada emerge esa vida y, con ella, todos sus misterios. 

De la misma forma, la ciencia puede ser tierra mojada. La ciencia busca acercarse a los misterios de la vida para entenderlos. Sin embargo, más allá de resolverlos, muchas veces hace emerger nuevos misterios. El descubrimiento del átomo iluminó enigmas nunca antes planteados, de la misma forma que la presión sobre el sistema planetario reveló la existencia de interconexiones globales que nunca se habían estudiado. La infinitud de la ciencia se alimenta de la incomprensibilidad de un mundo que, por mucho que juguemos a descifrar, siempre nos sorprende con nuevos retos. Es por eso por lo que la ciencia no es el destino. El mundo, y todo lo que sucede en él, es inconmensurable, y si esperamos a entenderlo por completo para avanzar, no haremos otra cosa que permanecer estáticos mientras la vida pasa por delante. Necesitamos una ciencia que actúe como motor del movimiento; una ciencia que sea origen, impulso y punto de partida en nuestra comprensión actual del mundo. Una ciencia que se alimente de cada nuevo ciclo, discutiendo consigo misma en una conversación interminable que conecte pasado, presente y futuro. Necesitamos una ciencia que deje de actuar como si la realidad fuera única, como si todo aquello que conocemos en la actualidad fuera definitivo y como si las sociedades dependieran de que la investigación avance para poder avanzar. En otras palabras, necesitamos una ciencia que sea tierra mojada. 

La revista T·I·A·S es un proyecto de ciencia y un proyecto de sociedad. A través de sus artículos, esta publicación viaja al origen de lo que debería ser la ciencia, evitando reproducir todo aquello en lo que se ha convertido hoy en día: elitismo (de la comunidad científica), despotismo (del conocimiento) y capitalismo (del sistema académico). Como ha señalado Sheila Jasanoff, la ciencia no se produce al margen de la sociedad, sino que está inscrita en su economía, su política y su cultura. Por lo tanto, debe pertenecer a la sociedad, del mismo modo que la sociedad debe ser el centro de la ciencia. Cualquier tipo de conocimiento necesita ser construido entre todas, ya que el conocimiento está imbricado en la realidad humana y es utilizado para la toma de decisiones. Entender las teorías físicas que hacen posible un panel fotovoltaico y conocer cuál sería su mejor ubicación técnica no quiere decir que su implantación vaya a tener sentido para una comunidad concreta, ni que reparta de forma justa sus costes y sus beneficios, ni que no vayan a existir grupos interesados en acumular poder y sacar tajada de su puesta en marcha. De hecho, podría resultar que la infraestructura fotovoltaica fuese contraproducente y careciese de sentido social. Si el conocimiento está al servicio de la sociedad, la sociedad debe estar en el centro de la generación de conocimiento. T·I·A·S busca romper las ataduras de una ciencia que lleva décadas aislada de la realidad social, avanzando de forma imparable hacia un lugar sobre el que casi nadie se detiene a preguntarse cuál es. 

Este número especial de la revista recoge siete artículos que inspiran, que ilusionan y que reconectan la ciencia con sus orígenes, convirtiéndola, de nuevo, en tierra mojada. Las historias de Juan, de Paca, de Hugo, de Lucía, de Ramón o de Cíes van trazando un hilo común que atraviesa la innovación responsable después de Gaza, los cuidados que sostienen el corazón del Atlántico, el papel —muchas veces invisible— de las mujeres durante un incendio, la memoria rural que aún brota entre las cenizas, el valor de juntar saberes y compartir herramientas, la potencia crítica de la educación ambiental y la relación entre los caballos, el monte y los modos de habitar el territorio. Junto con el resto de los artículos que se incluyen en los tres primeros números de la revista, estos textos cuentan historias que se estudian desde la ciencia y que buscan iniciar un diálogo profundo y veraz en un tiempo caracterizado por la sobreinformación, la desinformación y la consecuente polarización social. Estas historias no son el final, sino el inicio de una conversación constructiva en la que te invitamos a participar y que, sin lugar a duda, busca hacer de nuestras vidas y de nuestras comunidades un lugar mejor. 

 

 

Equipo T·I·A·S