COEXISTIENDO CON EL FUEGO

Volumen 2, Artículo 2

Un texto de Susana Bastón Meira y Aitor Alonso Rodríguez, basado en el resumen elaborado por Elvira Santiago Gómez, Carmen Rodríguez Rodríguez y Ariadna Rodríguez Teijeiro

Inspirado en el libro de Elvira Santiago Gómez (Universidade da Coruña), Carmen Rodríguez Rodríguez (Universidade da Coruña) y Ariadna Rodríguez Teijeiro (Universidade da Coruña) Lume: Análise social dos incendios forestais (ISBN: 978-84-1110-710-5, 2025), y en el artículo científico de Elvira Santiago Gómez (Universidade da Coruña) y Carmen Rodríguez Rodríguez (Universidade da Coruña) Bosque y fuego. La deconstrucción de un conflicto contra natura, publicado en la revista Encrucijadas – Revista crítica de ciencias sociales (2024)

El olor a humo entró por la ventana. Ese humo le recordaba al fin de las lluvias y la llegada del buen tiempo, pero también le producía un dolor en el pecho al saber de dónde venía. El cielo estaba teñido de naranja. Fuego. Seguramente cerca, aunque no tan cerca como su hija, que estaba en el jardín dejando la bicicleta. Que poco le gustaba a ella que cogiera esa cosa con el problema visual que tenía.

Mamá, estoy aquí chilló, entrando sin llamar.

Su madre estaba de pie del lado de la cocina de hierro, con un paño en la mano y los ojos rojos.

Mamá, ¿estás bien? ¿Le pasó algo a papá? se abrumó Aura.

Rosa negó con la cabeza.

Desde que a su padre le habían diagnosticado leucemia, cada vez dormía más. El bicho le quitaba lentamente las ganas de vivir.

Menudo susto dijo—. Eh, ¿entonces? A qué viene esa cara.

¿No lo hueles?

¿El fuego? Sí. Es un desastre. ¿Sabes lo que estaba escuchando cuándo venía para aquí?

¡Aura! ¿Cómo vienes con la música en el chisme ese que conduces? ¡No ves que te vas a matar!

Bueno, bueno, tranquilízate un poquito, ¿quieres? No tengo la visión de un lince, pero puedo conducir la bici perfectamente. Y tú lo sabes.

Me preocupo por ti.

Ya sé mamá. Pero no te preocupes tanto dijo sonriendo—. La vida es una maravilla como para estar siempre preocupada. Te lo digo yo, que estoy enamorada de ella y solo la veo a medias.

Se echó a reír.

Ella era así. Imposible no devolverle una sonrisa.

Bueno, ¿te cuento lo que escuché o no?

Sí, pero vamos a sentarnos, anda, que estoy cansada.

Se sentaron a la mesa, donde, como siempre, Rosa había colocado un pequeño ramo de dalias granates de su jardín. Aura recordó los paseos de la infancia: castañas, setas, piñas, hojas de eucalipto para los vapores cuando se resfriaba.

Pues estuve escuchando sobre un proyecto llamado MitigACT, que financia la Agencia Nacional de Investigación. Ya me habían hablado de él en el máster. Es un proyecto que defiende la necesidad de diseñar estrategias de gestión de los incendios forestales que superen la distinción naturaleza–cultura, que de forma clásica se realiza al abordar los desastres naturales.

Calma, me lo dices más claro, ¿quieres niña?

Tienes que estar más atenta, yo no repito bromeó—. El caso es que la propuesta consiste en que los nuevos planes contra los incendios presten atención no solo a sus características biofísicas, sino también a sus dimensiones políticas, sociales y culturales.

Ah, muy bien.

¡Mamá! ¡Deja la ironía! Claro que está muy bien.

Ya lo sé hija. Lo único que no entiendo es cómo nos afecta eso a nosotros, las personas que vemos como el fuego está cada vez más cerca de nuestras casas.

Pues deja de refunfuñar y escucha. La Comisión Europea está siempre diciendo que con el cambio climático y el tiempo más seco tenemos que evitar hacer fuego, ¿verdad?

Si tú lo dices, tendré que creerte.

Bueno, pues este enfoque es reactivo y, lejos de resolver el problema, contribuye la acumulación de combustible y a la generación de paisajes más vulnerables a grandes incendios. Lo que dicen ellas, las personas del proyecto quiero decir, es que hay que avanzar hacia modelos que apuesten por la prevención y la gestión integrada del territorio. Es decir, cambiar el modelo centrado en la supresión, por otro basado en la coexistencia con el fuego.

¡Cómo!? ¿Qué dices? ¿Cómo que convivir con el demonio? se abrumó Rosa.

Caray mamá, hoy estás calentita, calentita. Como para asar castañas sobre ti.

Es que no lo entiendo. ¿Cómo qué convivir con el fuego? Antes, cuando yo era niña, cuando ardía un rincón del monte, al momento estábamos corriendo por la aldea. La juventud con los matojos, los hombres con las palas, las mujeres llevando aguas de los pozos. Teníamos miedo, pero también fuerza.

Claro que sí, mamá. Pero es que esa es una de las cosas que dicen. Cambios demográficos, el abandono agrario, la falta de cohesión social y políticas territoriales insuficientes son factores que hacen que el monte arda.

A ver, explícate filla.

La mayor parte de los incendios en Galicia tienen origen humano.

Tú hoy quieres que me encienda, ¿verdad?

Escuuucha. La mayor parte de los incendios tienen origen humano, pero esto no implica intencionalidad. Factores como el envejecimiento de la población, la pérdida de usos tradicionales del monte, o la expansión desordenada de la masa forestal incrementan la gravedad de los episodios.

Me estás mareando. ¿Y esto que tiene que ver con eso que comentaste de la coexistencia con el fuego?

Ahora estaba diciéndote las causas, pero me saliste con eso de cuando eras pequeña y no sé qué.

Bueno, pero a ver, ¿me explicas o no me explicas?

Mamá, tu hoy estás un poco loca, ¿verdad?

Y tú hoy cobras.

Las dos rieron.

A ver, esto de la coexistencia con el fuego supone diseñar soluciones basadas en la naturaleza, recuperando los usos tradicionales del fuego en un marco planificado que reduzca riesgos, y complementarlas con medidas sociales que limiten la probabilidad de incendios involuntarios y deliberados.

De repente, un sonido gutural vino de la habitación del lado.

Caray, sí que ronca papá.

Sí ronca, sí dijo Rosa sonriendo con los ojos. Perdió la vista por la ventana, viendo su amado monte. En la lejanía el naranja seguía atormentándola—. ¿Quién te va a cuidar ahora? dijo para sí.

¿Cómo dices?

Rosa suspiró.

Decía que no sé quién se va a hacer cargo del monte, ahora que cada vez la gente va más para las ciudades. Las brigadas antincendios trabajan solo unos meses y luego quedan sin contrato. ¿Cómo se va a mantener un territorio con empleo estacional?

Los ojos de Aura se estremecieron de alegría.

Mira lo que traje.

Metió la mano en la mochila y sacó un libro.

¿Ya estás comprando más libros? Así cansas la vista.

Mamá, que lea más lento no significa que no pueda leer. Caray, siempre con lo mismo.

Lo siento hija, pero…

Sí, ya sé mamá. Te preocupas por mí. Pero a veces es la preocupación porque te pinches, y no el pinchazo el que hace más daño.

¿Cómo?

Caray mamá, que a veces hacemos más daño al preocuparnos de más porque, ni vivimos, ni dejamos vivir.

Rosa quedó sorprendida.

Algunas veces olvido cuanto has crecido. Ya no eres mi niña.

Aura acarició la mejilla de su madre.

Siempre seré tu niña. Simplemente… No me trates como si lo fuera.

Y volvió a reír.

Bueno, el caso, mira que te traje.

«Fuego: Análisis social de los incendios forestales». ¿Qué es?

Un libro mamá.

Vas a cobrar ¿eh?

Lo siento, lo siento. Nada, es el libro que hicieron las personas que trabajaron en el proyecto que te comenté. Decías lo de las brigadas y tienes razón. Ellas en el libro exponen diez recomendaciones para orientar las nuevas políticas de gobernanza, y una de ellas es corregir la estacionalidad del empleo. También hablan de atender las condiciones indirectas que te comenté antes, el envejecimiento y esas cosas.

Recuerdo.

Bueno, por si acaso le guiñó un ojo—. Una de ellas tiene que ver con eso de no basar todo el modelo en la supresión, ¿sabes? Si no que los recursos se equilibren entre prevención, gestión del fuego y recuperación. También aprovechar el conocimiento local para mejorar las tareas de prevención y sensibilización.

Eso me gusta. Que ahora hay trolas de esas por todas partes. Cuando yo era joven aquí no ardía todo así. El monte se cuidaba. En cada casa había animales que contribuían a la economía familiar, el tojo se cogía para los lechos de los animales, y la leña para hacer de comer y calentar la casa. El monte era trabajo… pero también era vida.

De eso también hablan, mira tú. De recuperar los usos productivos del monte mediante iniciativas sostenibles ligadas a la madera y otros recursos forestales.

Eso. Pero el monte podría dar muchísimo más que madera: pasto para el ganado, colmenas de abejas, setas, frutas, incluso rutas de senderismo. Cosas que traen vida, no solo ceniza.

Exacto. Revitalizar la cohesión social e intergeneracional en las zonas rurales con actividades vinculadas al territorio.

¿Y dicen algo de las comunidades de montes?

De las comunidades de montes no sé, pero sí que hablan de aproximar la toma de decisiones a las comunidades locales, es decir, la gente, incorporando sus demandas en los planes de gestión. Además, también dicen de establecer un modelo comunicativo eficaz en situaciones críticas, basado en información clara, veraz y procedente de fuentes expertas. Esto tiene que ver también con mejorar la comunicación mediática en crisis, garantizando mensajes útiles que faciliten la toma de decisiones ciudadana.

Ah, muy bien, muy bien.

Y, por último, revalorizar el espacio natural mediante propuestas culturales, educativas y deportivas que fomenten el conocimiento y el apego al territorio.

Sí señor, que no sean solo eucaliptos por aquí, eucaliptos por allá.

Aura rio. Miró con cariño a su madre, quien desde que le habían diagnosticado la enfermedad a su padre sonreía poco.

Qué, ¿te gustó entonces ahora el modelo de coexistir con el fuego? Como ves, para que sea posible es necesario fortalecer la colaboración entre los agentes públicos y privados, mejorar la transparencia y superar la desconfianza mutua entre instituciones y ciudadanía. Gobernanza participativa, con espacios de diálogo que permitan incorporar las demandas locales, generar confianza y todo eso.

Pues sí, pues sí, creo que voy a comprar ese modelo.

Aura sonrió y dejó a su madre mirando el libro. Entró en el salón y vio a su padre roncando, con la cabeza colgando. Se había quedado dormido viendo un partido en la tele. Cómo quería a su viejo… Los pronósticos iban bien, tenían más que esperanzas, pero el miedo no se lo quitaba nadie. Sin ellos hoy no tendría tanto amor en el pecho. Recordaba que su padre siempre le había dicho que había nacido en un verano particularmente lleno de humo: «Y yo le dije a tu madre: es como una rosa entre tanto helecho».

Se acercó a su padre y le dio un beso en la frente.

No te preocupes viejito mío sonrió—. El verde siempre vuelve, ¿verdad?