Juntando saberes

Volumen 3, Artículo 2

Un texto de Cristina Míguez González, basado en el resumen elaborado por Blanca Callén Moreu y Anastasia Zisakou

Inspirado en el capítulo de Blanca Callén Moreu (Universitat Autònoma de Barcelona) y Melisa Duque (Monash University. Department of Design) «We not only repair our devices, but also our relationship with them» : repair-led designing at the restart parties in Barcelona, dentro del libro Design/Repair: Place, Practice & Community (2024)

Hay casualidades que te cambian la vida. 

Esas casualidades tienen forma de una persona que te sonríe, de un libro que no te deja acostarte temprano, de una palabra bien elegida, una frase sabia, un cartel, una canción que eriza tu piel…o una mezcla de todo junto que te lleva al mismo lugar. 

Restart party fue el comienzo de la casualidad de Hugo.  

Hoy está en Ceuán, una aldea rural en la que una pareja de jóvenes fundó una asociación vecinal llena de actividades para hacer comunidad. Se trata de un pequeño oasis donde las personas realizan actividades enfocadas en lo local, van a teletrabajar, a buscar inspiración y convivir una pequeña temporada dinamizando la zona. Ceuán es un entorno idílico para Hugo: naturaleza gallega en estado puro y un ambiente que le invita a crear. Aquí organiza, junto con esta pareja, alguna que otra Restart Party y hoy, que justamente está preparando una nueva actividad, hace memoria de cómo surgió todo y cómo una casualidad le indicó el rumbo de la vida que está viviendo ahora. 

Hace años, Hugo acababa de aterrizar en Barcelona para hacer su doctorado y buscaba conocer gente. Lo suyo eran los planes sencillos: escribir, tocar la guitarra y nadar en la costa de Florianápolis, de donde venía. Ahora, en una nueva ciudad, se proponía comenzar nuevas rutinas. Se obligó a socializar y un día recibió una señal: en una marquesina de camino a la Universidad había un moderno cartel que decía «Restart Party». Su contenido parecía estar escrito para él, después de haberse pasado una mañana entera tratando de encender su ordenador portátil: «ven a arreglar tus aparatos electrónicos y conoce a gente de tu zona».  

Y así, se presentó una mañana de octubre en un pequeño centro cultural. 

Lo que pasó allí fue maravilloso. Una veintena de personas llegaban con sus objetos, en su mayoría electrónicos, para repararlos. ¿Y cómo lo hacían? Pues había mucho conocimiento, pero no en forma de bata o detrás de un mostrador, sino que circulaba en el ambiente. 

Al entrar, Hugo se quedó un poco expectante por no saber por dónde moverse ni a quién dirigirse. En la pared, un cartel escrito a mano decía 

«No solo reparamos dispositivos, también reparamos nuestra relación con ellos» 

Hugo lo leyó dos veces, sin saber que iba a ser el centro de la tesis que quería escribir. 

Una mujer sonriente de pelo corto se acercó a él sin prisa. 

—¿Primera vez? —preguntó en forma de bienvenida. 

Hugo sonrió enseñándole el portátil, como si estuviera en la sala de espera de un hospital con su herida. 

—No enciende. Ayer lo dejé cargando y nada. 

—Perfecto. Aquí no hacemos magia, pero intentaremos repararlo—dijo ella guiñándole un ojo—Tú te sientas conmigo y lo miramos juntos. 

Eso era nuevo para Hugo. Esperaba una frase tipo “déjanoslo y vuelve a buscarlo mañana” o algo del estilo. Pero no. A su alrededor las personas se sentaban al lado de quien sabía más y el objeto se colocaba en el centro: la gente estaba aprendiendo a reparar(se).  

A su alrededor pasaban cosas que le sorprendían en medio de una gran ciudad: una señora ofrecía galletas caseras; una pareja hablaba de “no comprar otra impresora” como quien habla de una decisión ética, no de una renuncia triste; un señor de unos 70 años sentado al lado de un adolescente intercambiaba experiencias riéndose mientras ambos reparaban un móvil. Personas juntando saberes. Maravillosa la estampa. 

Cuando terminaban los intentos de reparación de los aparatos, lo hubieran logrado o no, anotaban el proceso y sus resultados en una pizarra cuyos datos se documentaban luego en una base de datos global, compartida entre comunidades reparadoras de todo el mundo, denominada The Fixometer. 

A Hugo le fascinó la mañana. Había arreglado su portátil. Después de ello entendía que no era “suyo” solo porque lo hubiera comprado, sino porque entendía cómo funcionaba y, por tanto, podía intervenir en él. Alargando la vida útil de su ordenador, había ahorrado una buena suma de dinero, además de reducir impactos ambientales evitando la generación de residuos electrónicos. 

Por otra parte, Hugo, que había llegado buscando gente «compatible», descubrió otra cosa: gente que no encajaba en el canon del consumo y que por eso estaba construyendo un lugar propio: había aprendido, había ayudado y se había sentido parte de «algo» por primera vez desde que había llegado a Barcelona. 

Fueron unos años muy felices en los que hizo buenas amistades y sintió que tenía una familia. Por temas de trabajo decidió dejar la ciudad, pero parte de él se quedó con ese centro cultural y todas las personas que había conocido en torno a otras Restart Parties. Fue difícil marcharse, pero de vez en cuando hacía una escapadilla para mimarse y seguir en contacto. 

Ahora su vida es más verde, sin un ritmo tan frenético y con un tiempo más húmedo. Efectivamente, Hugo vive en el norte de la península. Es profesor en la Universidad y sigue nadando, pero ahora en aguas más frías. Sigue tocando la guitarra en su salón, pero también la pandereta en una asociación cultural, y sigue escribiendo sin ningún propósito más allá de disfrutar de la sensación de paz que le produce. 

Hugo recuerda con cariño esos años en Barcelona y prepara con ganas un nuevo proyecto, el cual surgió una tarde hablando en Ceuán mientras recogían cables y tazas de café al final de la última jornada de reparación.  

—Cada vez viene más gente —dijo Hugo—. Y eso es genial, pero hay algo que me da rabia. Llegan con objetos rotos y los reparan, sí. Pero, sobre todo, llegan con objetos que nunca deberían haber comprado, muchas veces se estropean por falta de uso. Además, vienen personas con el mismo objeto, que podrían estar compartiendo, ya que a veces son vecinas puerta con puerta. La obsesión con lo nuevo o la centralidad de la propiedad privada todavía está muy presente. Es una especie de vacío cubierto —Hugo se queda reflexivo al narrar en voz alta sus pensamientos. 

Su amiga de Ceuán, siempre rápida, se dirigió a un armario, que abrió, y señaló el interior. 

—Entonces te va a gustar esto. 

Dentro había cajas etiquetadas con rotulador: taladro, pistola de silicona, proyector, máquina de coser, carpa, cortasetos. 

—Estamos montando una biblioteca de objetos —explicó—. Para que la gente no compre lo que sólo necesita un día. 

Hugo sintió una chispa familiar, la misma que había sentido al ver la marquesina en Barcelona. Solo que esta vez la señal no decía «Ven a arreglar». Decía: «Ven a no comprar». 

—¿Biblioteca? —Biblioteca significaba prestar y devolver. Significaba que el objeto no se quedaba atrapado en una casa, ni en un trastero, ni en la culpa. 

—Sí —dijo ella—. Lo pides, lo usas, lo devuelves. Y si se estropea… ya sabes a dónde traerlo. O si tienes otros que no uses, también puedes traerlos aquí para prestarlos y que otras personas puedan usarlos.  

Hugo sonrió. En su cabeza, las dos ideas encajaron con un clic suave: reparar era alargar la vida. Prestar era multiplicar las vidas. Y ambas, evitar que naciera otra cosa innecesaria. 

Su amiga siguió explicando su motivación. 

—Ni te imaginas la de dinero que se gastan algunos vecinos en maquinaria agrícola que podrían estar compartiendo. La de espacio que se ahorrarían en sus casas y, sobre todo, lo que aprenderían si compartiesen muchos de los objetos que compran individualmente. Queremos juntar saberes. 

—¿Pues qué necesitáis de mi parte para echar a andar la idea? —soltó Hugo entusiasmado. 

Y ahí empezó ese nuevo proyecto.  

Les llevó un tiempo hacerlo bien: quisieron hacer una buena organización con sistemas de catalogación, préstamo y mantenimiento, normas de uso compartidas y llegaron a crear una comunidad implicada en el cuidado de los objetos. 

Este fin de semana Hugo organiza un taller en Ceuán; en esta ocasión la comunidad de vecinos aprenderá a utilizar una trituradora de madera. Tienen un par de ellas en la Biblioteca de Objetos y están muy demandadas. 

Decide ir el día anterior a preparar todo con la gente del centro. Saca las trituradoras, revisa tornillos, limpia la tolva, coloca gafas y guantes en una caja y pega una etiqueta:  

«PONTE ESTO, VALIENTE» 

 Luego cuelga un cartel en la pared: 

«TALLER PARA LLEVARTE ASTILLAS, NO HISTORIAS» 

«Plazas: las que quepan en el patio. Ego: ninguno» 

Su amiga pasa a su lado y lo mira con esa sonrisa que mezcla asombro y satisfacción. 

—¿Has hecho lista de seguridad? 

—He hecho… poesía preventiva —dice Hugo, y le enseña la hoja. 

En la primera línea ha escrito:  

«Regla 1: No alimentar a la trituradora con nada que respire» 

Se ríen. Todo está bajo control. 

—Pues tengo una noticia que va a encantarte —dice ella en tono misterioso—¿Sabes quienes se apuntan al taller de mañana? 

—Sorpréndeme —dice Hugo, que sigue colocando todo el material sin casi levantar la vista de las cajas que tiene en el suelo. 

—Hace poco me contactó Francisca, una profesora de instituto, porque le parecía interesante organizar una visita con su alumnado a Ceuán —introdujo haciendo una pequeña pausa de suspense antes del colofón—. El caso es que mañana se vienen unos 20 adolescentes a nuestro taller de trituradora de madera. ¿No es maravilloso? 

Hugo abre con exageración los ojos. De primeras la idea no le parece la mejor, pero la sonrisa de ilusión de su amiga lo tranquiliza y se dispone a aumentar su lista de seguridad en un par (o más) de puntos. 

Casualidad o no, mañana conocerá a alguien que le inspirará para crear nuevos relatos y se llevará unas cuantas historias de ese peculiar grupo de bachillerato.