UNA PEQUEÑA LLAMA
Volumen 2, Artículo 5
Un texto de Cristina Míguez González, basado en el resumen realizado por Noortje M. Keurhorst
Inspirado en la tesis doctoral de Noortje M. Keurhorst (Universidade de Vigo) Branches of Belonging: Imagining collective flourishing in the Galician monte (2025)
Lucía se está preparando para ir a su actividad favorita: hípica. Todos los miércoles a las cinco de la tarde se organiza para su clase. Coge la ropa y una mochila, esta vez con manzanas que su abuela le dio el otro día en la aldea: manzanas para los caballos. Está enamorada de Liberdade un caballo mayor que fue el primero que montó cuando llegó al club de hípica y que ahora está retirado, pero viviendo su mejor vida. Siempre llega un poquito antes para poder estar con Liberdade y darle todos los mimos del mundo.
Juan la acompaña todas las semanas.
—¡Juan, por favor, es tardísimo! —reprocha Lucía gritando en alto a su hermano al ver que la puerta de su habitación sigue cerrada.
—¿He oído a la domadora de bestas llamarme? —bromea Juan abriendo la puerta— Ya vamos mujer, quiero coger algo de merienda para el camino, que estos músculos no se hacen solos.
Lucía no puede evitar reírse al ver que su hermano se toca la barriga, nada musculada. Para sus adentros, admite que es imposible enfadarse con él.
Bajan las escaleras a la vez. En la cocina, su padre está vaciando bolsas de la compra.
—¿Ya os vais? —pregunta a sus hijos—. Lucía, acuérdate de escribirme o mandarme un audio cuando llegues.
—Papá, está a un kilómetro —protesta Lucía.
—Un kilómetro de curvas, sin acera y rodeado de eucaliptos que arden con solo mirarlos mal —dice el padre, esta vez mirando a su hija—. Ya sabes cómo se puso todo el verano pasado. Y nada de volver sola, ¿eh? —remata, apuntando ahora a Juan con un calabacín—. La vuelves a traer de una pieza.
—Sí, hombre, que si le pasa algo a la domadora de bestas se nos llena la casa de caballos salvajes —bromea Juan, cogiendo un trozo de pan de la mesa y metiéndoselo en la boca.
El camino hasta el club de hípica atraviesa primero unas cuantas casas, luego un pequeño tramo de carretera y, al poco, el asfalto se estrecha y aparece el monte, con olor a resina y mentol.
—¿Te fijaste en que han plantado más eucaliptos por este camino? —dice Juan, arrugando la nariz—. Antes por aquí había más pinos y carballos.
—Mientras no los planten en el campo de hípica, que hagan lo que quieran —murmura indiferente Lucía.
El club aparece tras una curva, con su alta valla metálica y las luces ya encendidas. Se oye un relincho a lo lejos y a Lucía se le ilumina la cara. Juan se despide de su hermana y le recuerda que envíe el mensaje a su padre.
Lucía saca el móvil y graba rápidamente un audio: «Papá, ya llegamos, todo bien. No seas pesado».
Entra en el club, saluda al aire y se desvía hacia el fondo, donde se encuentra el pequeño prado en el que está Liberdade todas las tardes. El caballo levanta la cabeza al oír la voz de Lucía.
—Hola, pequerrechiño —susurra ella, acercándose a la valla—. Mira lo que te traigo hoy.
Saca una de las manzanas de la mochila, la parte en dos con las manos y se la ofrece. Liberdade mastica despacio, como si saboreara cada instante de cariño. Lucía apoya su frente en el cuello del animal, notando el calor y el ritmo lento de su respiración.
Un silbido la saca de su momento favorito de la semana. Es su monitor, que la saluda desde la pista.
—¡Lucía! ¡Cuando termines de malcriar a ese señor mayor, ven, que empezamos!
Lucía se despide de Liberdade con una palmada en el lomo, deja la mochila en el banco de siempre y entra en la pista. Sin embargo, nota algo distinto: al fondo, el campo grande donde normalmente salen de ruta está acordonado con cinta roja y blanca.
—¿Qué pasó ahí? —pregunta, señalando la zona acordonada. El monitor suspira.
—Pues que al otro lado del camino van a ampliar una plantación de eucaliptos. Y el seguro nos dijo que, con el riesgo de incendios, mejor no usar esa ruta hasta que estudien bien el plan.
—¿Ampliar? ¿Más eucaliptos? —repite Lucía.
—Bueno, ya sabes cómo está el tema —responde el monitor con resignación—. Dicen que el monte hay que «aprovecharlo», que da trabajo, que Galicia vive de la madera… Lo de siempre.
—¿Y el club no puede hacer nada?
—Estamos intentando hablar con la comunidad de montes y con el Concello, pero… —se encoge de hombros—. No sé en qué quedará todo.
Lucía nota un nudo raro en el estómago. Teme que si siguen plantando más eucaliptos, haya menos sitio para rutas, más riesgo de fuego… y más excusas para que su padre diga que la hípica es peligrosa.
Esa noche, durante la cena, Lucía saca el tema que no la deja comer con tranquilidad.
—Han acordonado la parte de atrás de la hípica —empieza Lucía, mientras juega con el tenedor en el plato—. No vamos a poder salir de ruta porque van a plantar más eucaliptos.
Su padre levanta la mirada del plato, frunce el ceño un momento, luego se recuesta en la silla.
—Bueno, es normal. La madera es uno de los motores de la economía aquí. No se puede tener todo: monte bonito, caballos felices y empleo.
—¿Y quién dijo que el monte con eucaliptos es bonito? —salta Lucía con rabia—. Es todo igual, parece un filtro de fotos mal hecho.
El padre de Lucía ve interés en su hija y se anima a profundizar en el tema.
— Claro. Hay modelos de gestión, estudios, planes. El monte puede ser productivo y sostenible a la vez. Ahora se habla de asuntos como créditos de carbono, servicios ecosistémicos…
Lucía lo mira, algo sorprendida por las palabras.
—¿Servicios, qué?
– Ecosistémicos —repite él—. Lo que el monte le ofrece a la sociedad: aire limpio, agua, paisaje. Se puede medir, valorar económicamente y cobrar por ello.
—O sea, vender el aire —murmura ella.
—No es «vender el aire», es reconocer el valor de las cosas —responde el padre—. Mira, en la empresa estamos trabajando con comunidades de montes que quieren sacar rendimiento de cuidar bien su terreno. Se les paga por mantener el monte en condiciones. Todo el mundo gana.
—Pues a mí me parece que quien decide todo eso ni monta a caballo ni vive al lado del monte —dice Lucía, clavando con rabia el tenedor en un trozo de patata.
La madre de Lucía, atenta a la conversación, interviene cuando siente que es el momento.
—Mañana hay una reunión de la comunidad de montes en el centro social —dice entonces—. Lo vi en un cartel bajando al centro. Igual podríamos ir a escuchar qué cuentan.
—¿Quién? —pregunta Lucía, con la boca a medio abrir.
—Tú y quien quiera —responde la madre—. Tanto hablar del monte, no estaría mal escuchar a la gente que vive de él.
Lucía no dice nada. Pero sigue un buen rato con el tema en la cabeza.
Al día siguiente, a la salida del instituto, ve el cartel de la asamblea de la comunidad de montes que había mencionado su madre. Será esta tarde. Al lado, otro papel más pequeño, escrito a mano: Brigadas deseucaliptizadoras. Salida voluntariado este sábado. «Arrancar para cuidar»
«Arrancar para cuidar». Le suena raro, pero le atrae.
—Si los caballos pudieran leer, ya estaría Liberdade apuntado —oye a su espalda. Es su monitor, que sale del centro social con un montón de folios en la mano.
—Me da rabia lo de la ruta de hípica —admite.
—Pues entonces igual es buena idea que vengas a escuchar —dice su monitor—. A la asamblea, a las brigadas o a las dos. El monte no se va a cuidar solo.
Ese jueves, la asamblea está más llena de lo que Lucía esperaba.
Una mujer de unos cincuenta años con el pelo rizado y canoso habla delante de todo el mundo:
—…llevamos décadas cuidando este monte, limpiándolo, haciendo cortafuegos, organizando turnos de vigilancia en verano. No somos gente desorganizada que no sabe lo que hace.
La madre de Lucía, que quiso acompañar a su hija, se inclina hacia ella y le susurra:
—Esa es la presidenta de la comunidad de montes.
Lucía mira alrededor. La sala está llena de gente de la zona. En la pantalla al fondo se ve un mapa enorme, lleno de manchas verdes y líneas.
Toma la palabra un hombre mayor, con chaqueta de pana y tez gastada por el sol.
—Cuando yo empecé a trabajar en el monte —dice—, se hablaba de «restaurar la naturaleza». Todo venía del Estado. Había manuales con fotos de bosques «perfectos», casi todos de Alemania, con árboles ordenados. Nos decían qué especies eran «adecuadas», dónde había que plantarlas y cómo había que hacer los trazados.
Hace una pausa y señala el mapa de la pantalla.
—Nos mandaban mapas desde Madrid. La idea era devolverle al monte una especie de «naturaleza pura». Parecía muy científico, pero muchas veces no se preguntaba a la gente que vivía aquí qué monte quería.
Ahora toma la palabra una mujer, la ingeniera forestal que un día fue a la hípica a hablar con la directiva del club.
—Después, sobre todo durante la dictadura, el enfoque cambió. El monte se convirtió en una fábrica de madera. La idea era que todo fuera rentable. Si hacía falta usar tierras comunales para eso, se usaban. Se hablaba de «modernizar el campo» y se decía a la gente que o se adaptaba o se iba. En esa época, la naturaleza se veía como un recurso. Algo que había que optimizar para que el país creciera.
A Lucía le viene a la cabeza la frase «modernizarse o emigrar», que oyó en historia, y la conecta por primera vez con el paisaje que ve cuando va a la hípica. La ingeniera sigue hablando.
—Actualmente tenemos otro tipo de gestión. Usamos teledetección, modelos y mapas muy detallados. Valoramos el monte por todo lo que ofrece: madera, agua, aire limpio, protección frente a incendios… Hablamos de «servicios ecosistémicos» y creamos nuevos mercados: créditos de carbono y pagos por cuidar zonas concretas. La idea es que la economía y la protección vayan de la mano.
Lucía reconoce muchas palabras de la cena con su padre.
—Desde la comunidad de montes no estamos en contra de la ciencia ni de la tecnología —interviene nuevamente la presidenta de la comunidad de montes—. Sabemos que el monte da madera, y que la gente necesita comer. Pero también sabemos que la ciudad bebe de nuestra agua y respira nuestro aire.
Desde el fondo alguien grita:
—¡Y a pesar de los incendios siguen plantando eucaliptos al lado de las casas, como si nada! Otra persona añade:
—Por eso hacen falta las brigadas: arrancar lo que sobra y plantar lo que falta. Si esperamos a que lo arreglen desde arriba, vamos a seguir ardiendo.
El murmullo crece. Lucía nota tensión en el ambiente, pero también orgullo. Se da cuenta de que lo llaman «nuestro monte», «lo que nos hicieron», «lo que queremos dejar a nuestros hijos».
Tras repensar todas las ideas de la asamblea, el sábado suena el despertador antes de lo normal., Al ver la hora intempestiva que es, Lucía se arrepiente de haberse apuntado a las brigadas deseucaliptizadoras, pero ya se ha organizado para ir con su madre.
El punto de encuentro está a media hora en coche. Cuando llegan, hay unas treinta personas de diferentes perfiles. Lucía distingue a gente que estaba en la asamblea y personas que van a su club de hípica.
Un chico con chaleco reflectante explica el plan:
—Hoy vamos a trabajar en esta ladera. Hay un montón de eucalipto pequeño brotando entre robles y otros árboles. Vamos a arrancar los pequeños, hacer cortes en los medianos para que se sequen y dejar en paz los ejemplares autóctonos. Pensad que cada eucalipto que eliminemos es un poco menos de combustible para el próximo incendio. Aquí destruir también es cuidar.
A media mañana, Lucía tiene barro hasta en las pestañas, arañazos en las manos y un cansancio nuevo. En el descanso, mientras comen bocadillos en círculo, un hombre cuenta cómo el fuego se quedó a menos de cien metros de su casa el verano pasado. Otra chica explica que en su comunidad quieren sustituir parte de las plantaciones de eucalipto por frondosas autóctonas, pero que los bancos solo dan crédito si plantas eucalipto, porque es lo que da dinero rápido.
La joven trata de colocar toda la información en su cabeza: el Estado que quería diseñar una «naturaleza pura», la época en la que el monte era solamente una fábrica al servicio de una gran nación, un presente de palabras bonitas y mercados verdes, la ruta de hípica cortada, el fuego…y ahora también las manos de su madre llenas de tierra y arañazos como las suyas.
—Hacía tiempo que no acababa un sábado tan cansada y a la vez tan satisfecha —dice su madre, estirando la espalda.
Lucía también está agotada, pero feliz. Se da cuenta de que el monte no es solamente ese lugar por el que pasa para llegar al club de hípica. Es parte de su historia, y ahora ella es también parte de la historia del monte.
De vuelta a casa en el coche, con las manos todavía manchadas de tierra seca, le llega una foto al móvil: es su monitor, con Liberdade detrás, y un mensaje:
«El día que quieras, hacemos una ruta por el monte que estás ayudando a cuidar».
Lucía sonríe y siente que una pequeña llama activista acaba de encenderse en su pecho.