APAGAR OTROS FUEGOS

Volumen 2, Artículo 1

Un texto de Cristina Míguez González, basado en el resumen elaborado por Ana Cabana Iglesia y Marien González Hidalgo

Inspirado en el artículo científico de Ana Cabana Iglesia (Universidad de Santiago de Compostela) y Marien González Hidalgo (Swedish University of Agricultural
Sciences) Trending discourses and silences around the role of women in wildfires: A systematic scoping review and some reflections from the field, publicado en la revista Journal of Rural Studies (2025).

Juan está sentado en el coche viendo su Instagram. Lleva enganchado media hora revisando las stories que está subiendo la gente de su clase. Este fin de semana hay una regata de remo por el río y varios de sus amigos participan; lo divertido es que se ponen carpas en la carballeira que hay en la cercanía de la zona de competición y la gente se junta para ver las carreras. Se hacen camisetas para ir a animar a los diferentes equipos y durante todo el día es un no parar de risas, encuentros y diversión. Y también un no parar de stories en las redes sociales.

Este año no va a ir a las carpas, sino que va a la aldea porque su abuelo está de cumpleaños y han organizado una comida familiar. Lleva un rato sintiendo cierta envidia de lo que se está compartiendo en las redes, pero también le apetece ir a ver a sus abuelos. Así que hoy Juan no tiene su humor característico. A veces la vida es como un ying–yang.

De repente, empieza a escuchar voces que provienen de su casa; una situación que, para Juan, es habitual. Su hermana Lucía está saliendo de casa con cara de enfado, soplando y cerrando la puerta de golpe. Sus padres están detrás, con la típica situación diaria en la que su madre se pone al nivel de Lucía respondiendo a voces y su padre trata de evadirse de la situación. Lucía había quedado por primera vez con sus amigas para ir a las carpas y ahora ya no va a poder ir. El resto del mundo le da igual; está enfadada porque no se le tiene en cuenta a la hora de organizar las cosas. Ella empieza a tener planes fuera de su entorno familiar y a su madre eso parece no gustarle. Más bien, Lucía cree que su madre sería feliz teniéndola en una jaula y pudiendo controlarla todo el día.

La joven entra en el coche y a pesar de que Juan le hace un par de bromas, se pone los cascos y se sumerge en el último disco de Rosalía, a ver si encuentra algo de luz ahí dentro.

El viaje a la aldea suele durar una hora y normalmente se elige la música que se va a poner por consenso. Esta vez el padre de los jóvenes, que va conduciendo, decide poner la radio: están hablando sobre las altas temperaturas y el avistamiento de varios incendios por la zona. Juan ve que sus padres tienen cara de preocupación.

Mamá, papá, ¿hay incendios en la aldea? —pregunta con curiosidad.

Su madre, sin soltar el móvil de su mano, mira hacia él tratando de no mostrar preocupación.

Creemos que no, pero los abuelos no cogen el teléfono desde hace un rato y vuestra prima acaba de decirme que los vio salir con los vecinos en coche y varias mangueras. Parecía bastante angustiada por la situación, cosa que entiendo después de todo lo que lleva vivido respecto a este tema. A veces me dice que tiene pesadillas en las que no es capaz de sacar a la gente de casa cuando está todo ardiendo, una situación bastante angustiosa y que viene de todas sus vivencias ya desde niña.

En ese momento, a su madre le suena el teléfono y Juan la escucha hablar con quien parece ser su abuela. Al colgar, comenta en alto:

Efectivamente, los abuelos fueron a la parroquia de al lado a ayudar con el incendio que empezó esta mañana. Al parecer, la abuela movilizó a las casas de alrededor y decidieron ir en grupo a ayudar. Esta mujer es un culo inquieto —dice con una mezcla de orgullo y preocupación.

Su padre, por otro lado, parece más angustiado.

Nosotros no vamos a acercarnos al fuego bajo ningún concepto. Hay un equipo de extinción de incendios que se encarga de esto. Es lo que nos faltaba, vamos —su semblante había cambiado a una mezcla de miedo y rabia—. Llamamos a mis padres y que vengan para casa. Esto es peligroso, mi madre no piensa bien las cosas.

¿Qué es lo que te da miedo, el incendio o que esté tu madre por allí? —pregunta la madre de Juan a su marido—. Lo lógico es echar una mano en estas situaciones.

Me parece peligroso en general —contesta su padre.

Ya, pero se supone que lo que hacemos cuando hay un incendio es ayudar, no solo esperar a que venga el equipo de extinción ¿no? —responde la madre, mirando de reojo a su hijo Juan—. Allí, todas las personas saben lo que tienen que hacer y tu madre lleva media vida organizando cosas en la aldea. Ella sufre cada vez que el fuego quema su tierra, la tierra que le permite cultivar su comida. El humo le destroza los bronquios, le cuesta moverse rápido, y cada verano se le encoge el pecho solo de oír hablar de incendios. El fuego la golpea distinto, más fuerte, en el cuerpo y en la cabeza, durante el susto y mucho después. Y, además de todo eso, es la primera en levantarse, en llamar a las vecinas, en decir quién va con quién y qué hay que hacer. Las que más sufren el fuego son muchas veces las mismas que sostienen al pueblo cuando todo arde.

Juan se queda pensando el dilema feminista que abre su madre al señalar que la abuela también tiene la capacidad de intervenir en la situación. Mientras reflexiona, en la radio siguen hablando de helicópteros, brigadas y camiones cisterna: todo hombres. Voces graves, mandos y jefes de operativo. Ni una sola mujer en el relato. En ese momento, Juan recuerda que, una vez, una chica bombera salió en la televisión y fue todo un hito: «la mujer bombera», «la heroína».

Lucía, que parece ausente con los cascos puestos, se quita uno sin que nadie se dé cuenta.

—No se están adentrando en el fuego —vuelve a hablar la madre de Juan—. Están cortando maleza, mojando alrededor de las casas y cuidando que nadie se quede atrás.

Juan mira por la ventana. El paisaje empieza a cambiar: menos edificios y más verde. Al fondo, una especie de nube marrón–grisácea que no parece una nube normal.

—¿Eso es humo? —pregunta Juan, incorporándose. Nadie contesta, pero el silencio lo dice todo.

Al llegar a la aldea se nota el olor a quemado. No es el humo denso de un fuego cercano a las casas, sino ese que se incrusta en la ropa y te rasca la garganta.

En la plaza, en lugar de coches aparcados como es habitual, hay un pequeño caos organizado: una furgoneta abierta llena de garrafas de agua, cubos, mangueras, mochilas… Un grupo de mujeres que cuidan de ancianos de la aldea está en la plaza, con apariencia cansada tras haber tenido que evacuar a estas personas hacia puntos seguros. Se muestran desconcertadas y tensas ante la situación.

Lo primero que ve Juan es a su abuela. Está de pie, con una gorra vieja, su típico mandil azul de cuadros, el pelo recogido y el móvil en la mano. Habla rápido, señalando con el dedo hacia el monte.

—Tí con Maruxa por ese camino, vais viendo si queda alguna casa sin avisar —dice—. Y tú, José, mira que las personas mayores tengan donde ir si esto va a más. Que nadie quede sin aviso, ¿eh?

Al lado de ella, un grupo de personas de distintas edades se mueve de un lado para otro. Una revisa la lista de vecinas y vecinos. Otra reparte botellas de agua. Dos personas, entre las que se encuentra su abuela, cargan con una manguera que es más grande de lo que Juan jamás pensó que podrían levantar.

Su abuela, al verlos bajar del coche, gira la cabeza y les dedica una sonrisa rápida, de esas que se escapan en medio de la prisa.

—Bueno, ya era hora. Ya pensaba que no os iban a dejar salir de la ciudad —bromea—. Si queréis ayudar, mejor aquí que mirando la televisión, pero con precaución. Los bomberos dijeron que el fuego está controlado por el otro flanco, pero el viento ya sabemos cómo es.

El padre de Juan abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar tras la mirada fulminante de su madre. No está muy convencido, pero tampoco quiere montar una escena allí.

Lucía, que había bajado del coche arrastrando los pies, de repente mira a su abuela con otros ojos. No es la imagen que ella tenía de «señora mayor de aldea», ni nada parecido.

A ver, rapaces —dice la abuela dirigiéndose a Juan y a Lucía—. Si queréis hacer algo útil, podéis acompañar a Tere a ver si en la parte de abajo queda alguien sin avisar. Ella conoce los caminos.

«Ella conoce los caminos», repite Juan para sí mismo. Claro que los conoce, lleva toda la vida yendo al monte, recogiendo leña, observando por dónde corre el agua cuando llueve y conociendo qué zonas se secan antes en verano. Eso no sale en los telediarios cuando hablan de los incendios.

Mientras caminan con Tere – una vecina de unos cincuenta años con camiseta de una antigua «Brigada de voluntariado forestal» – Lucía deja su enfado atrás y rompe su silencio:

¿Tú estuviste alguna vez apagando un fuego de verdad? Es decir, ¿de cerca? —le pregunta Lucía a Tere.

Por desgracia, unas cuantas veces —contesta Tere—. Estuve en la brigada antiincendios cuando era más joven y ahora colaboro como puedo avisando a la gente, cortando hierba y haciendo de todo un poco. Y lo más importante, como mujer que trabaja en casa y como muchas otras, dedico varias horas a la semana a cuidar la tierra para que, si hay un incendio, éste no se propague. Los incendios se previenen con buenas prácticas, no solo limpiando: mezclando especies para que no todo sea pino o eucalipto, recuperando robles, castaños y huertas que corten el paso al fuego, y dejando que el ganado haga su trabajo, con cabras y ovejas comiéndose lo que luego arde tan rápido. Eso también es apagar incendios, solo que mucho antes de que empiecen.

Incrédula, Lucía se da cuenta de que las mujeres de la aldea son indispensables para la prevención y mitigación de los fuegos. En las noticias siempre salen los hombres contando como fue el incendio, por lo que Lucía nunca se había planteado el papel de ellas.

Pero los bomberos son los que apagan el fuego, ¿no? —pregunta Juan.

Tere sonríe, pero no a modo de burla, sino como quien entiende que la pregunta viene de lo que las personas ven a través de los medios de comunicación. Además, nota en la pregunta de Juan que parece solamente referirse al sector masculino, cosa que trata de corregirle.

El equipo de extinción es clave claro que sí; además, bomberos y bomberas se juegan la vida en cada maniobra y poca visibilidad tienen cuando a todo el mundo se le olvida un incendio. De todas formas, para cuando llegan ya hubo gente avisando, limpiando, moviendo animales, llevando agua, organizando quien cuida a los menores y a la gente mayor…Y muchas de esas personas son mujeres como tu abuela y como yo. Además, hay mujeres en los camiones que forman parte del equipo de extinción, y también hay mujeres que contribuyen con otras tareas como preparar comida y vigilar las zonas. Hay de todo. Sin ir más lejos, muchas de las vecinas de tu abuela suelen hacer quemas prescritas para no acumular tanta leña seca. Aquí la gente conoce el fuego. Y tanto que lo conoce…

Juan trata de digerir todo lo que escucha y sigue caminando pensativo.

Llegan a un cruce de caminos y Tere se detiene, mirando hacia el monte, calculando por dónde podría avanzar el fuego si cambiase el viento. Para asegurarse de que está haciendo los cálculos correctos, contacta con el equipo de extinción, con el fin de ayudar sin causar más problemas.

Oye, Tere —se anima a preguntar Juan—, ¿alguna vez habéis tenido problemas por intentar ayudar? ¿Alguna vez os han dicho que «esto no es cosa de mujeres»?

¡Uf! Muchas veces —dice Tere con una sonrisa irónica, puesto que es un tema que lleva agotándola emocionalmente años—. Hay quien piensa que las mujeres tenemos que quedar en casa esperando noticias y preparando el café. También hay quien se enfada cuando ven que una de nosotras organiza a los vecinos. Pero mira, cuando hay fuego de verdad, lo que importa es quien sabe lo que hacer, no quien lo diga más alto.

Tras ir por varias casas y terminar de revisar que todo el mundo está avisado, Lucía, Juan y Tere vuelven a la plaza. Allí, la radio del coche de un vecino sigue sonando con noticias sobre «los héroes del fuego».

Juan observa en silencio a su madre y a su abuela, y luego a Lucía, que, sin darse cuenta, había guardado los cascos en el bolsillo y había cogido un cubo de agua. Por primera vez en ese día, a Juan le dan ganas de hacer una story. Pero no de camisetas ni de carpas, sino de su abuela rodeada de vecinas, con el humo al fondo y esa mezcla rara de miedo y fuerza en los ojos. Porque, a lo mejor, contar esas historias es otra forma de apagar el fuego. De apagar otros fuegos.